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Actualizado el 18 de octubre de 2015 a las 12:00 am

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Mucho antes del “todo animal” de Pascal, la definición platónica de nuestra especie como “animal político” sugería que el ser humano borra su animalidad en la medida en que su actuar político es motivado por ideas, no por instintos.

Es, pues, contradictorio decretar el fin de las ideologías y esperar que sin ellas conservemos un sano aliento político. Una ideología consiste en cierto ordenamiento de las ideas y, de no existir dos personas unidas por algunas ideas en común, simplemente habría tantas ideologías como personas.

Pero la realidad nos dice que hay conjuntos de ideas que, por ser ampliamente compartidos, se convierten en marcos de cooperación para el logro de fines que, como ocurre con todo lo humano, unos resultan beneficiosos y otros resultan nocivos. Esos marcos de cooperación son las ideologías, y proponer la muerte de estas equivale a decir: “Con excepción de las mías, toda idea es un cadáver intelectual”.

Las ideas de un individuo –o un grupo– se basan, en proporciones variables, en las percepciones experimentadas mediante tres formas de conocimiento: el revelado, el científico y el artístico (creer, saber, imaginar). En sentido estricto, la tolerancia –preferimos decir la laicidad– consiste en el reconocimiento de que esos tres órdenes de percepción son igualmente importantes en la configuración de las ideologías, o sea, en lo que concierne al ordenamiento de las ideas.

Por ello es inadmisible la desautorización de una opinión ajena con base en la mayor o menor inclinación religiosa, científica o artística de quien la enuncia. La tolerancia –la laicidad– se opone a que en política se imponga como única cualquiera de las tres formas de percepción.

No nos sorprendió el artículo “Los cinco errores del Papa”, de Carlos A. Montaner, ya que ese texto viene modulado por la conspicua marca ideológica de su autor. Es la reacción predecible de él. Habríamos esperado que fuera distinta solo si el Pontífice hubiera decidido recluirse en las catacumbas de una religiosidad desligada de la suerte terrenal de los seres humanos que sufren. Montaner ordena: “Zapatero, no más arriba de los zapatos; sacerdote, a tus oraciones”.

No podía faltar el fantasma que lo asedia noche y día: el comunismo, suerte de niebla mental que lo mueve a desaprobar todo pensamiento diferente al suyo. La doctrina social de la Iglesia “fue concebida para enfrentarse a los comunistas”, afirmó, lapidario, y solo le faltó añadir que los Evangelios fueron concebidos con idéntico fin.

(*) Fernando Durán es doctor en Química por la Universidad de Lovaina. Realizó otros estudios en Holanda en la Universidad de Lovaina, Bélgica y Harvard. En Costa Rica se dedicó a trabajar en la política académica y llegó a ocupar el cargo de rector en 1981.

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Fernando Durán Ayanegui

Doctor en Química de la Universidad de Lovaina. Realizó otros estudios en Holanda en la universidad de Lovaina, Bélgica y Harvard. En Costa Rica se dedicó a trabajar en la política académica y llegó a ocupar el cargo de rector (1981).

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