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Actualizado el 19 de enero de 2014 a las 12:00 am

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Un conocido nuestro dispuso apostar cierta suma de dinero a que el anuncio de Ottón Solís de que renunciaría a su candidatura a diputado, si antes no lo hacía un compañero de papeleta, era solo “una amenaza con la vaina vacía”. El que nadie le aceptara el reto prueba que en el barrio había unanimidad en considerar que el extraño bochinche interno del PAC era puro sainete, o que la cuesta de enero fue esta vez tan empinada que provocó una fobia general a los riesgos pecuniarios. Ahora bien, la lógica del argumento ofrecido por el candidato renunciante-no-renunciante para justificar sus vacilaciones es irreprochable.

Sin entrar a analizar las razones que dieron origen a las declaraciones de los Solises, se debe reconocer que, ciertamente, si se hubiera cumplido la amenaza lanzada por Zeus desde el Olimpo, el buey habría comido caviar y no pesto; sobre todo si se toma en cuenta que, a juzgar por las predicciones que permite la encuesta más reciente de Unimer, es posible que solo dos candidatos del PAC sean electos diputados por la provincia de San José, con lo que la curul del personaje objeto de repudio estaría en “la cola de un venado”. Ventaja adicional: esta nueva situación evitará que a alguien se le ocurra ahora apostar a que Ottón Solís renunciará a su diputación antes de la Navidad del 2014.

En una línea tangencial a este trivial tema, un distinguido académico sugería, en otro diario, que la atomización legislativa que, al parecer, se producirá después de las próximas elecciones, unida a las debilidades de un poder ejecutivo débilmente electo, podría significar la aparición, en Costa Rica, del germen de un moderno régimen parlamentario. A primera vista, la idea resulta alentadora, mas por nuestro lado surgen de inmediato dos pensamientos pesimistas. El primero, esbozado ya por alguien en un mensaje electrónico, se refiere a la imposibilidad de predecir cuántos diputados de los partidos minoritarios contraerán la dolencia casi endémica de la “comprabilidad”; el segundo, el más importante, toma nota de que el sistema de integración de las papeletas diputadiles aplicado en Costa Rica niega radicalmente el principio de representación por delegación, propio del régimen parlamentario. Según este principio, los electores delegan su representación en personas a las que conocen y por las cuales votan conscientemente, y no en una caja negra en la que caben perros, gatos y ratones de pelambres riesgosas por lo desconocidas. En efecto, ya vimos cómo el funcionamiento de la actual Asamblea se asemeja a un parlamento menos que a una carrera de pingüinos en la Antártida.

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Fernando Durán Ayanegui

Doctor en Química de la Universidad de Lovaina. Realizó otros estudios en Holanda en la universidad de Lovaina, Bélgica y Harvard. En Costa Rica se dedicó a trabajar en la política académica y llegó a ocupar el cargo de rector (1981).

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