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Renunciaal cubo

Actualizado el 13 de octubre de 2013 a las 12:00 am

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Renunciar a la renuncia es volver, como la motivación después de un viaje, pero no hay una construcción gramatical igualmente sintética y, a la vez, convincente para describir la renuncia definitiva, tercera en el orden lógico y cronológico.

Haber renunciado a la renuncia y, luego, dimitir de esa última dimisión obliga al narrador de tan insólitos hechos a torcer la sintaxis, trastocar la gramática y correr el riesgo de no ser entendido. No es que el narrador lo sea, porque ni los entendidos comprenden la increíble y triste historia del cándido médico y de sus copartidarios desalmados.

Lezama sabría encontrar las palabras precisas para describir lo ocurrido, pero lo haría en un párrafo interminable. Proust lo lograría con profundidad psicológica y lujo de detalle, en siete volúmenes impecables. Hemingway no se atrevería a intentarlo. Ninguno se acercaría siquiera a la síntesis necesaria para la comprensión generalizada.

La solución podría estar en la matemática. Lo ocurrido es una renuncia al cubo, pero no faltará el sabiondo que lo dispute. La progresión lineal de las dimisiones escapa a una descripción exponencial. No así las dimensiones del ridículo y su desarrollo acelerado.

La renuncia a describir la sucesión de dimisiones sería aún más difícil de explicar. Implicaría la cuarta abdicación al hilo y el diccionario de sinónimos se agota bajo la presión de tanto desistimiento. Sus ofertas son cada vez más imprecisas: retiro, abandono, deserción.

Si la razón de la renuncia es una puñalada en la espalda, no hay abandono ni deserción. Se trata, más bien, de una prudente retirada. El retorno es ponerle el pecho a una nueva estocada. Es un suicidio, es decir –con ayuda de Clausewitz– la renuncia por otros medios; la dimisión suprema, definitiva y completa.

Renuncias como esa ocurren cuando los abeles buscan a los caínes para proponerles el haraquiri sin ser siquiera hermanos. En esos casos, el borrego también termina sacrificado. Distinta es la dimisión inicial, condicionada y tentativa, con todo y herida en la espalda. Es una renuncia “manipulable, maleable, manejable, que puede ser exhibida como trofeo de caza”.

Vista así, surge la tentación de no tomarla en serio para dar rienda suelta a la ironía y el sarcasmo. Sería un error. La renuncia está herida, por el frente y por la espalda. Es preciso reivindicarla para no desanimar a quienes renuncian a la maniobra efectista, la ambición desmedida y el mesianismo, ayuno de toda valoración crítica de las propias capacidades. La renuncia a tiempo es una prueba de bien entendida modestia y manifestación de prudencia, tan escasa como necesaria.

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Armando González R.

agonzalez@nacion.com

Editor General Grupo Nación

Laboró en la revista Rumbo, La Nación y Al Día, del cual fue director cinco años. Regresó a La Nación en el 2002 para ocupar la jefatura de redacción. En el 2014 asumió la Edición General de GN Medios y la Dirección de La Nación. Abogado de la Universidad ...

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