Opinión

Póstuma santidad

Actualizado el 15 de julio de 2017 a las 10:00 pm

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No recibíamos cursos de literatura, pero la biblioteca de la escuela politécnica podía tomarse por la de una regular facultad de letras. Se mantenía actualizada, tanto en literatura universal como en narrativa cubana, buena parte de esta última integrada por obras de autores que hoy –ojo, escritores prolíficos y mediocres– están glacialmente olvidados. Eso explica haya leído un relato que ahora no tomaría en mis manos aunque me lo exigieran bajo amenaza de tortura, memorable por lo estrafalario, titulado algo así como Los santos bandoleros, y de cuyo autor he olvidado el nombre.

Acontece en una indefinida república hispanohablante, donde una banda ejecuta toda clase de desafueros, que van desde asaltos a campesinos desprotegidos y robos de ganado hasta la quema de aldeas, todo ejecutado a la mira quién viene porque –novela mala al fin– el ejército siempre anda pisándole los talones. El país que la padece tiene que ser muy extenso, pues a veces los facinerosos cometen sus correrías en comarcas donde antes nadie ha oído hablar de ellos. Dentro de la eficiente pandilla se dan frecuentes disputas y violentos cambios de liderazgo, gracias a que quienes mueren en las refriegas con el ejército son al punto sustituidos por advenedizos jóvenes y ambiciosos. La salud espiritual de los bandoleros está a cargo de un clérigo expulsado de la Iglesia por causas que no llegan a ser reveladas, y la principal función de este pastor de almas consiste en garantizarle la llegada al cielo a cada uno de los caídos, para lo cual se sirve de una elocuente oración fúnebre mediante la que Dios es informado de que, a pesar de las apariencias, el muerto de turno fue, en vida, un santo incontestable.

Al final de la historia, la panda ya se encuentra en decadencia y no atrae miembros nuevos, de manera que un día de tantos al envejecido clérigo le corresponde enviarle al Creador el alma impoluta del último compinche. Consciente de que el ejército le rodea, y de que no habrá quien oficie su funeral, el pastor encomienda su alma a Dios, adelanta su responso basando el alegato defensivo en la larga lista de las almas que él ha blanqueado para que suban a engalanar el paraíso, luego se acerca a un lugar visible y proclama en voz alta su último deseo: llegar hasta la mansión del Señor, para recibir la recompensa que se merece. Milagrosamente, el anciano cae acribillado bajo una copiosa lluvia de plomo.

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Fernando Durán Ayanegui

Doctor en Química de la Universidad de Lovaina. Realizó otros estudios en Holanda en la universidad de Lovaina, Bélgica y Harvard. En Costa Rica se dedicó a trabajar en la política académica y llegó a ocupar el cargo de rector (1981).

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