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Actualizado el 01 de diciembre de 2013 a las 12:05 am

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Caminar por el centro de San José, un mediodía de domingo, solo debe hacerse en casos de emergencia y en un estado de alerta propio del zaguate perdido en un velódromo. Cierto descuido nuestro le permitió a una guapa muchacha, a quien tomábamos por una activista religiosa, desplegar aptitudes de carterista londinense introduciéndonos en el bolsillo de la chaqueta un vistoso panfleto. Pero, benditas las cantatas sacras de Bach: lo que tuvimos a la vista cuando intentamos leerlo no era un texto evangelizador, sino una simple invitación a visitar un casino de la capital, lo que nos hizo caer en la cuenta de que nuestra vestimenta nos daba apariencia de tahúres y no de torpes pecadores de pensamiento. Acostumbrados a la libertad de cultos, y muy poco enterados de cuáles son los efectos colaterales de la profusión de casinos, estuvimos a punto de aplaudir el ingenio de la empresa “tahurística” que envió a sus vírgenes vestales a la calle a repartir publicidad impresa.

Por suerte, más tarde atinamos a arrancar de nuestra biblioteca un ajado ejemplar de The Travels (description of the world) , de Marco Polo, versión de William Marsden, y nos detuvimos en el capítulo XXXVIII, en el que figura la más antigua descripción que conocemos de un caso de turismo sexual organizado, según se practicaba en el siglo XIII en el distrito de Kamul, de la provincia asiática de Tanguth. Cuando un agotado viajero llegaba a Kamul era recibido –paga mediante, desde luego– en cualquier residencia, la cual era abandonada temporalmente por los varones de la casa para que el turista pudiera disponer de todas las comodidades domésticas, incluido el servicio carnal de las mujeres, y, de aquel modo, el distrito gozaba de enorme prosperidad.

Relata Marco Polo que, un día, Mangú, gran kan del imperio mongol, decidió prohibir aquella práctica, pero apenas tres años después, presionado por una diputación de los lamentosos maridos kamulitas, se sintió obligado a inaugurar la futura libertad irrestricta del comercio con una cínica y quizás sabia sentencia: “Puesto que queréis volver a la vergüenza y la ignominia, os concedemos vuestro deseo. Id, vivid según vuestras bajas costumbres y permitid a vuestras esposas seguir recibiendo los vituperables gajes de su prostitución”. (Por cierto, el viaje de Polo fue por un tiempo reputado de imaginario porque en el libro no se menciona la Gran Muralla china. De haber persistido hasta hoy ese descrédito, lo refutaríamos aduciendo que la omisión se originó en la misma repugnancia estética que mueve a los josefinos a execrar el feo arco municipal del Barrio Chino).

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Fernando Durán Ayanegui

Doctor en Química de la Universidad de Lovaina. Realizó otros estudios en Holanda en la universidad de Lovaina, Bélgica y Harvard. En Costa Rica se dedicó a trabajar en la política académica y llegó a ocupar el cargo de rector (1981).

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