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Piensa y calla

Actualizado el 16 de marzo de 2014 a las 12:00 am

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En su libro Figuraciones mías , Fernando Savater parece anunciar la pronta desaparición del periodismo de opinión; y nos convence no solo por las razones que él esboza, sino, además, por otras igualmente obvias, en relación con las cuales ahora “nos cae la peseta”, como corre el dicho popular. Savater menciona, entre otras causas, la preferencia creciente de los lectores por el intercambio de opiniones en las redes sociales, en las que –sospechamos– un clima emparentado con el anonimato permite, incluso, llegar hasta el vituperio. Así las cosas, cada día se justifica menos la pretensión de cualquiera –llámese periodista, columnista o, como se autodenominan algunos, escritor– de ofrecerle regularmente, a un público muchas veces atado al periódico o a la revista únicamente con el leve lazo de una compra fortuita, unas opiniones que nadie ha pedido y que, a juzgar por las reacciones de los lectores –a quienes casi todos los medios les han abierto un canal para hacer comentarios–, irritan a más individuos que a cuantos satisfacen.

En realidad, lo que ahora se viene a descubrir es un fenómeno que debió de vislumbrarse ya desde los tiempos de Charles Dickens: que lo que a muchos lectores les interesa de la prensa es encontrar en ella –bien, mal o deplorablemente escrita– la confirmación y no la negación ni la puesta en duda de su propia manera de ver el mundo. Estábamos equivocados quienes alguna vez pensamos que hay alguna ventaja en la lectura de opiniones diferentes a las nuestras, y debemos sentirnos tontos quienes le hallamos gracia a la ironía de aquel dibujante estadounidense que, dentro de un helado paisaje pleno de pingüinos, pone a una de estas aves a decirle a otra algo como esto: “Dios creó un mundo perfecto para que en él impere el maniqueísmo. Mira, no más, en derredor nuestro: todo es como debe ser, blanco o negro y, sobre todo, mucho más blanco que negro”.

Justamente, tras recordar aquel dibujo, nos preguntábamos qué habría escrito el mismo artista al pie de un paisaje similar, lleno de albos osos polares y, por supuesto, exento de pingüinos. Solo se nos ocurre que el más robusto de los osos se yergue en el centro del dibujo y, con un gesto de brazos extendidos que abarca desde aquí hasta el infinito, exclama: “Mi Dios, con este uniforme despliegue de blanco inmaculado, quisisteis que pudiésemos mantener nuestro pensamiento tan en blanco como nuestra propia pelambre”. Lógicamente, en el Diario del Ártico no se publican columnas de opinión, ya que las páginas correspondientes aparecen en una blancura absoluta, sin derecho de respuesta y sin comentarios.

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Fernando Durán Ayanegui

Doctor en Química de la Universidad de Lovaina. Realizó otros estudios en Holanda en la universidad de Lovaina, Bélgica y Harvard. En Costa Rica se dedicó a trabajar en la política académica y llegó a ocupar el cargo de rector (1981).

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