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Paz en Colombia

Actualizado el 16 de febrero de 2017 a las 12:00 am

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Si en Colombia llegar a un acuerdo de paz con la principal guerrilla, las FARC, fue dificilísimo y costó décadas de sangre, que ese acuerdo dé lugar a una pacificación de la sociedad colombiana va a ser todavía más complicado.

El principal problema no es que las FARC o el gobierno se apresten a violar lo pactado. Aunque no puede descartarse nada, esa guerrilla está muy debilitada y el Estado colombiano necesita construir presencia institucional en amplias regiones de su territorio.

El principal problema es que pacificar tiene mucho más fondo que ponerle fin a los tiros. Significa remover los factores que crearon e inflamaron el conflicto. Ello requiere la construcción de las instituciones del Estado democrático de derecho y el desarrollo de amplias políticas de inclusión social, territorial, económica y política.

De esa diferencia sabemos mucho en Centroamérica. Este año se cumplieron 25 años de la firma del acuerdo de paz en El Salvador, casi veinte años del acuerdo en Guatemala y casi treinta desde que la Contra depuso las armas en Nicaragua. Las guerras civiles, en efecto, terminaron, pero la violencia mutó y se intensificó en Guatemala y El Salvador, hoy junto con Honduras, los países más violentos del mundo sin guerra civil. Y en Nicaragua, lo que emergió fue un régimen cada vez más autocrático.

Colombia es mucho más complejo que todos los países centroamericanos sumados. Además de la FARC, está la guerrilla del ELN, los paramilitares asociados a terratenientes, los diversos grupos narcos, los traficantes de armas y piedras preciosas, entre otros, y el Ejército no ha sido ningún santo. Entre ellos se han tejido enemistades históricas así como sorprendentes –y cambiantes– alianzas.

En vastas zonas del extenso territorio colombiano manda el que más terror impone. Conforme las FARC se concentran en las zonas acordadas, los terrenos que abandonan pueden convertirse en tierra de nadie. Y la resolución de un problema de fondo, como la expulsión forzada de millones de personas y la acumulación ilegal de fincas, está por verse.

El problema de la guerra no es solo la cultura de la violencia e impunidad que crea: es la economía de guerra que da empleo a muchos y acumulación de riquezas a otros. Eso es lo que hay que desmontar.

¿Difícil? Sí, pero soy moderadamente optimista con Colombia: tiene la potencia económica y política para cambiar la historia de violencia.

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