Opinión

Pandereta

Actualizado el 07 de agosto de 2016 a las 12:00 am

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El acto de iniciar cualquier lectura lleva implícito un propósito educativo, informativo o recreativo. Pero inevitablemente surgen distracciones, como si, a pesar de la concentración exigida por el texto, en el cerebro hubiera siempre espacio disponible para las acrobacias inconscientes de la memoria. Algo así como cuando, de camino por una calle del barrio, de pronto y sin saber por qué se nos ocurre pensar: “Vaya, hoy, en el vecindario, alguien está preparando casquitos de guayaba”.

Un ensayista que leemos con mucho interés comentaba, en uno de sus libros, que hace diez años unos diputados conservadores propusieron con toda solemnidad, en el Parlamento polaco, que se proclamara rey de Polonia… a Jesucristo. Y quede claro que no se trataba de algo similar a proponer que la Iglesia católica declare a la Virgen de los Ángeles Reina de Costa Rica. Lo que aquellos parlamentarios gestionaban era una acción política del Estado mediante la cual, por una vía que consideraban beneficiosa para una nación católica, la República de Polonia sería sustituida, en pleno siglo XXI, por una monarquía más blasfematoria que teocrática. Reducido a mera curiosidad gracias a su fracaso, el intento es digno de mención solo como advertencia sobre los extremos a los que una inspiración supuestamente divina puede llevar a unos legisladores “pandereteros”.

Sin ton ni son, nos vino a la mente J. J. Rousseau, el ginebrino considerado, por muchos, padre de la república moderna; lo que nos hizo preguntarnos de dónde nos llegaba una especie de olor a guayaba. Nos detuvimos a resolver el misterio y no tardamos demasiado en exclamar “¡eureka!”: casi sin advertirlo, habíamos recordado que Rousseau escribió un texto constitucional sobre Polonia y otro sobre Córcega, sede de la primera república ilustrada del mundo.

Fundada por Pascal Paoli, reconocido inspirador de las revoluciones americana y francesa, la República de Córcega fue aniquilada en 1769 por la fuerza militar de la Francia absolutista. La acrobacia de nuestra memoria había consistido en un salto de casi dos siglos y medio, pues se dice que, en un ingenuo intento por apaciguar la fobia de las monarquías europeas por la palabra república, los corsos declararon a su Estado una monarquía bajo el reinado eterno de la Virgen María. O sea que el artificio que no serviría en el 2006 para hundir a una república (Polonia) ya había sido inútil en 1769 para salvar a otra (Córcega). En suma, en política la pandereta casi nunca da buenos resultados.

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Fernando Durán Ayanegui

Doctor en Química de la Universidad de Lovaina. Realizó otros estudios en Holanda en la universidad de Lovaina, Bélgica y Harvard. En Costa Rica se dedicó a trabajar en la política académica y llegó a ocupar el cargo de rector (1981).

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