Opinión

Palmira

Actualizado el 08 de julio de 2015 a las 12:00 am

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Palmira es un antiquísimo sitio histórico ubicado en el desierto sirio, al noreste de Damasco, capital del fallido Estado árabe desintegrado por el ciclón bélico de la región.

Ayer, Palmira fue tema de románticos poemas y melodías, pero hoy aparece transformada en un oasis para las caravanas de camellos, los turistas y los tanques de las agobiantes guerras que azotan a Levante.

El lamentable entorno de la Siria que se desangra en luchas intestinas y las ajenas curiosamente ha sacado de su olvido histórico a la otrora cuna de civilizaciones.

El pasado de Palmira se remonta por lo menos al segundo milenio antes de la era común y ha sido festejado en infinidad de inscripciones y monumentos que datan de mucho atrás. Grecia, Persia y China, entre otras potencias de la antigüedad, ocuparon Palmira, la joya del desierto transformada en pieza dilecta del Imperio romano.

Los altos méritos de su pasado han sido motivo de honores y laureles. Así también lo ha reconocido la Unesco, que la designó patrimonio histórico. Por ella pasaron las legiones romanas y sus afamados generales. En la Primera y, sobre todo, en la Segunda Guerra Mundial, ahí estuvieron las tropas del fascismo y los aliados triunfadores. Desde entonces, a pesar de la primacía de monarcas y déspotas, fue un envidiable destino para todo viajero que se haya ufanado de su sapiencia.

Por desgracia, quienes hoy ocupan Palmira son las hordas del Estado Islámico (EI) poseedoras de amplios antecedentes en la destrucción de monumentos. Así lo aseveran los especialistas iraquíes, quienes han presenciado el saqueo y devastación de numerosas reliquias de la antigua Mesopotamia. Observadores de la Unesco dan testimonio del desmantelamiento y demolición sistemática de genuinas herencias históricas por los yijadistas que ahora controlan Palmira.

Los administradores del museo y las ruinas recalcaron el ímpetu criminal en el destrozo de inigualables piezas antiguas o, como afirman estos oficiales, sus réplicas. Según estos encargados, las verdaderas han sido guardadas en otro lugar.

Los terroristas izaron sus banderas en las alturas circundantes y han emplazado guardas dentro del museo. Enemigos acérrimos del cristianismo, arrasan con toda imagen que evoque las figuras sacras de la fe cristiana.

¿Qué hacer más allá de las lamentaciones por el atropello de monumentos de la antigüedad? No se trata solo de Palmira sino, también, de los muchos otros que aguardan en la devastadora marcha del fanatismo islámico. Desafortunadamente, no hay respuesta fácil.

(*) Jaime Daremblum es abogado y politólogo, director de estudios latinoamericanos del Hudson Institute en Washington, exembajador de Costa Rica en Washington y Ph.D. de Tufts University, Flectcher School.

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