Opinión

Paciencia creativa

Actualizado el 24 de septiembre de 2015 a las 12:00 am

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Con el tiempo he llegado a disfrutar a las personas que argumentan con inteligencia posiciones distintas a las mías. Me obligan a pensar mejor, a rectificar y, sobre todo, a entender las limitaciones de mis tesis.

Me alegra muchísimo cuando, con ellas, encuentro puntos de vista compartidos, puertos para guarecer nuestras naves luego de una exigente exploración. Y deseo, no puedo ocultar, que algo de mi pensamiento también las influya.

Las prefiero a otras que, pensando parecido a mí, exudan dogmatismo y descalifican los argumentos ajenos. Con estas es cuestión de tiempo para que uno haga algo indebido y sea blanco de las iras.

Recelo de las personas capaces, pero que abrazan a ultranza y sin cuartel ideas que justifican la superioridad moral de quienes se benefician de desigualdades sociales heredadas vía etnia, dinero, título nobiliario o cercanía con una vanguardia política.

Pueden causar graves problemas y sufrimiento porque son metódicas y creativas, con carisma para embaucar a muchos en experimentos de ingeniería social y con iniciativa para justificar cualquier costo humano que ello cause. Dentro de ellas hay una categoría que me parece de lo más fregado: las que intervienen en las deliberaciones públicas iluminadas por un solo libro (religioso, político o económico).

Ellas encuentran en unos centenares de páginas todas las respuestas a los complejos problemas de nuestra sociedad, se la pasan recitando pasajes del libro para formular argumentos de autoridad y parecen disfrutar más la descalificación que la deliberación.

Finalmente, me preocupan los trepadores, las personas sin convicción propia, que van donde soplan los vientos: siempre están en primera fila, hablando fuerte, pero a las primeras de cambio se voltean sin rubor.

Estos días en que anduve alejado por otros lares hacía estas cavilaciones pensando en que vienen años difíciles para nuestro país. Estaremos obligados a tomar decisiones que implicarán sacrificios, con momentos de gran tensión.

Tanta incertidumbre es terreno propicio para dogmáticos, iluminados o trepadores: tienen mucho galillo. Cuando repaso el tono de muchos artículos me encuentro una innecesaria estridencia que destila dogmatismo a raudales (“mi idea es la correcta y la suya no es más que una estupidez”).

En los próximos años necesitaremos un ejercicio de paciencia creativa y pluralista por parte de muchos, para no irnos con nuestros instintos, pues nuestra democracia sufrirá mucho si se imponen respuestas dogmáticas a nuestros problemas.

(*)Jorge Vargas Cullell es gestor de investigación y colabora como investigador en las áreas de democracia y sistemas políticos. Es Ph.D. en Ciencias Políticas y máster en Resolución alternativa de conflictos por la Universidad de Notre Dame (EE. UU.) y licenciado en Sociología por la Universidad de Costa Rica.

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