Opinión

Orden migratorio

Actualizado el 16 de septiembre de 2015 a las 12:00 am

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Un juez de Oregón, Vance Day, mandó a instalar en la sala de juicio un retrato de Adolf Hitler. Según la prensa, Day sentía admiración por el supremo jefe del nazismo, en parte, debido al “orden” que impuso. ¿Orden? Sí, orden. ¿Se refería quizás al orden de los campos de exterminio y los crematorios?

El polémico retrato se sumó así a una investigación seguida contra el referido juzgador debido a su empeño en denegar licencias matrimoniales a las parejas gais.

La Comisión encargada de llevar a cabo la averiguación aclaró que su propósito era “mucho más amplio”. Un vocero del acusado dijo a su vez que encontraba particularmente shocking lo del retrato porque la pieza formaba parte del “legado” de un médico.

Al margen del debate generado por el retrato, persisten las discusiones en torno a los posibles motivos del juez.

Desde luego, dichos alegatos pierden trascendencia ante la magnitud de las ofensas contra la humanidad cometidas por Hitler y su gente. Algo similar ocurre con Stalin e incluso Mao y Ho Chi Minh.

Pero en la Comunidad Europea, en el debate generado por el diluvio de refugiados de África y, sobre todo, el Cercano Oriente, las opiniones de diversos líderes han presentado facetas de especial interés. Por ejemplo, el clamor humanitario de la canciller alemana, Ángela Merkel, ha inspirado admiración y aplausos del ámbito occidental. No así las admoniciones del gobernante húngaro, Víctor Urban, vinculado a la derecha intolerante. De ahí en adelante hay una variedad de recomendaciones y medidas concretas.

En días recientes, la avalancha de refugiados alcanzó niveles que generaron medidas hostiles en Hungría, conexas al flujo de arribos. Aparte de las esperanzas nacidas de las políticas enunciadas por la canciller Merkel, su país ofrece ventajas indudables de vida y trabajo nacidas de la prosperidad. Además, la canciller había anunciado un monto de 800.000 admisiones que devino en un imán de refugiados. Asimismo, Hungría estableció mecanismos de desvío hacia Alemania de gran parte de los inmigrantes que arribaron a sus fronteras. Austria no se quedó atrás. Y así en otras naciones.

A raíz del influjo en Alemania, algún burócrata tuvo la poco feliz iniciativa de acomodar refugiados en lo que fue el campo de concentración nazi en Buchenwald, donde miles de judíos fueron atiborrados en camino a las cámaras de gas y los hornos. Hoy, un serio error sería la manera más delicada de calificar este desatino.

(*) Jaime Daremblum es abogado y politólogo. Es director de estudios latinoamericanos del Hudson Institute y tiene un Ph.D. de Tufts University, Flectcher School. Fue embajador de Costa Rica en Washington y analista del Fondo Monetario Internacional.

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