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Naufragio

Actualizado el 05 de febrero de 2017 a las 12:00 am

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Al pie del dibujo de un paisaje marino colgado en un pasillo de mi escuela vocacional, se leía: “Del arrecife//el viento del pasado//salva tu barca”. El profesor de Español nos comentaba que aquel haiku de autor desconocido no era muy poético, pero no por eso lo olvidé: aunque siempre tendré por incierto el destino de la barca que figuraba en el cuadro, el texto me sigue pareciendo esperanzador. A causa de él, cada vez que un acontecimiento del presente me remite a un hecho del pasado, retorno a la idea de que es conveniente saber cuándo desplegar las velas para que su empuje aleje la barca del peligro y cómo arriarlas antes de que ya sea demasiado tarde.

Observando lo que ocurre hoy en el mundo, vine a recordar esto: las elecciones parlamentarias de Alemania (República de Weimar) que en verdad le abrieron a Adolph Hitler la posibilidad de llegar al poder se realizaron el 6 de noviembre de 1932, y el presidente Hindenburg lo nombró canciller el 30 de enero de 1933. Enseguida, tras calculadas maniobras, Hitler logró la disolución del Parlamento y la convocatoria, para el 5 de marzo, de nuevas y sin duda amañadas elecciones. El 24 de marzo, la renovada cámara le confirió a Hitler poderes que lo convertían en dictador y, así, el paso irreversible de la legalidad republicana al totalitarismo se consolidó en menos de ocho semanas.

Antes, entre el 6 de noviembre y el 30 de enero, se habían desaprovechado varias oportunidades de evitar que Hitler llegara a la cancillería, entre ellas un conato de escisión dentro de su partido; pero la más prometedora fue el intento de los altos mandos militares de evitar que Hindenburg tomara la catastrófica decisión de encargar al demente la formación de un nuevo gobierno. En el transcurso de la última semana de enero había tenido lugar, entre Hindenburg y los militares, un dramático pulso que pareció llegar a feliz término el 27 de ese mes cuando, al finalizar una tensa reunión, los altos oficiales se dieron por satisfechos al escuchar al “honorable presidente”: “No me creerán ustedes capaz, señores, de nombrar canciller a ese cabo austríaco”.

De aquel modo, el político mendaz evitó probablemente un golpe de Estado que habría liquidado en el huevo al régimen nazi. Uno de los engañados por Hindenburg fue el general Kurt von Hammerstein, quien poco después comentaría sombríamente: “El noventa y ocho por ciento del pueblo alemán está loco”.

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Fernando Durán Ayanegui

Doctor en Química de la Universidad de Lovaina. Realizó otros estudios en Holanda en la universidad de Lovaina, Bélgica y Harvard. En Costa Rica se dedicó a trabajar en la política académica y llegó a ocupar el cargo de rector (1981).

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