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Actualizado el 03 de mayo de 2015 a las 12:00 am

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“Las invasiones bárbaras, esas migraciones de pueblos que permitieron a los historiadores trazar líneas en los mapas” –o algo parecido– es la cita con la que pensaba comenzar hoy, pero ningún esfuerzo me dio para verificarla ni para recordar quién es el autor. En la de menos me ocurre lo que a aquel profesor cubano jubilado que una vez me dijo: “A mi edad, solo me quedan la cría de pollos y, cuando no se me olvida, la literatura”.

Solo pretendía escribir un comentario sobre las azarosas travesías que realizan, por el Mediterráneo, los africanos y, por México, los centroamericanos, en busca de refugio en Europa y en Estados Unidos. De dirigir la atención a los muertos y desaparecidos que se reportan en cada una de esas rutas, veríamos diferencias, pero estas serían de número y no de especie.

La fallida cita inicial apunta a que se trata de algo muy antiguo. Según cierta leyenda, las tribus celtas, entre ellas la de los escota, llegaron a Egipto procedentes del Cáucaso y coincidieron ahí con los hebreos de Moisés; luego, protagonizaron un éxodo hacia el oeste, por el norte de África, y llegaron al Atlántico, cruzaron el actual estrecho de Gibraltar, se tomaron unos siglos para atravesar de sur a norte la península Ibérica –por algo en Galicia se toca la gaita y existe un equipo de fútbol llamado Celta de Vigo– y zarparon desde la costa cantábrica para navegar hasta las Islas Británicas, en cuyos confines septentrionales se afincaron los escota para terminar, hoy, incordiando desde ahí con sus amenazas independentistas bajo la enseña de Escocia.

Es fácil imaginar que cada cien kilómetros de recorrido las tribus celtas se encontraban con unos aborígenes locales que, de haber hablado español, las habrían llamado bárbaras hordas migrantes u otras cosas menos amables. Y a todo esto, si la leyenda no es gratuita, ¿cuántos escotas no habrán dejado los huesos en aquella prolongada migración? Pensé en esto cuando, mientras tomaba un descanso al borde de la fuente de una plaza de Milán, escuchaba a unos bulliciosos escolares que, juraría, eran de ascendencia lombarda (de muy lejos vinieron los lombardos a instalarse en el norte de Italia), preguntarles despreocupadamente a unos vendedores de juguetes y golosinas: “Quanto costa questo?, quanto costa questo?”. “Due euros, cinque euros”, respondían a su vez los comerciantes, también en italiano aun cuando eran africanos que, se podría creer, pocos meses antes cruzaban el Mediterráneo hacinados en barcazas casi naufragantes.

*Fernando Durán es doctor en Química por la Universidad de Lovaina. Realizó otros estudios en Holanda en la Universidad de Lovaina, Bélgica y Harvard. En Costa Rica se dedicó a trabajar en la política académica y llegó a ocupar el cargo de rector en 1981.

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Fernando Durán Ayanegui

Doctor en Química de la Universidad de Lovaina. Realizó otros estudios en Holanda en la universidad de Lovaina, Bélgica y Harvard. En Costa Rica se dedicó a trabajar en la política académica y llegó a ocupar el cargo de rector (1981).

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