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Actualizado el 12 de abril de 2015 a las 12:00 am

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A veces, autocitarse no es un acto de pereza sino un recurso de oportunidad. Hace unos 20 años escribíamos: “En nuestra mocedad, leímos un reportaje dedicado al incidente que en 1929 provocó la caída del primer nazi que ocupó un cargo ministerial. En uno de los estados de Alemania se formó, para integrar el nuevo gobierno regional, una coalición en la que figuraba el todavía minúsculo Partido Nacionalsocialista, al cual le correspondió ocupar el ministerio encargado, entre otras cosas, de los asuntos culturales. El flamante jerarca nazi permaneció en el cargo poco tiempo, pues tuvo que renunciar a raíz de las protestas provocadas por una iniciativa suya, de vena abiertamente totalitaria: la emisión de un reglamento o una ley de censura de publicaciones y espectáculos. Fue una lástima que los alemanes de entonces no conservaran la costumbre de protestar como ocurrió en aquel caso. De haberlo hecho habrían evitado muchos de los abusos que, cuatro años más tarde, comenzarían a perpetrar los nazis al instaurar su régimen totalitario”.

Pero olvidamos consignar en aquel texto dos detalles muy importantes: que lo más odioso de la norma rechazada por la aún alerta opinión pública alemana era la obligación de obtener, para distribuir una publicación o para presentar una obra escénica, la aprobación de unos comités locales encargados de velar por “las buenas costumbres”; y que, como profética combinación de propaganda y represión, el ministro de la aberrante ocurrencia también desempeñaba la cartera de Policía.

Queda así explicado el sobresalto que nos produjo la noticia de la inserción, en un supuesto borrador del proyecto de ley general de radio y televisión, elaborado en el Ministerio de Ciencia (¿?) y Tecnología de Costa Rica, de cláusulas semejantes a las que aquel iniciador de la pesadilla nazi trató de imponer en su comarca germana.

No hay razones para oponerse a la actualización de la normativa estatal que regula los aspectos técnicos y tributarios de las empresas de radio y televisión; pero es inaceptable que la ministra encargada de dirigir la redacción del sinuoso proyecto se declarara imposibilitada de identificar a los protocensores que expresaron en él sus sueños totalitarios.

La afirmación del ahora exviceministro, de que las memeces se escribieron a modo de ejercicio, insulta a la inteligencia de una piedra. Parafraseando al evangelista: ¿A partir de cuándo de la abundancia del cerebro hablarán las bocas del actual gobierno?

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Fernando Durán Ayanegui

Doctor en Química de la Universidad de Lovaina. Realizó otros estudios en Holanda en la universidad de Lovaina, Bélgica y Harvard. En Costa Rica se dedicó a trabajar en la política académica y llegó a ocupar el cargo de rector (1981).

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