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Mea culpa

Actualizado el 20 de abril de 2014 a las 12:00 am

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Llegan a nuestras manos cuatro libros, de publicación reciente, que pudieron haber sido escogidos como textos para un curso sobre la herencia histórica de la culpa: The Book Thief (de Markus Zusak, australiano, hijo de una pareja austriaco-alemana que emigró tras la II Guerra Mundial), Los pájaros de Auschwitz (de Arno Surminski, alemán cuyos padres fueron expulsados por los nazis a Rusia), Capesius, el farmacéutico de Auschwitz (de Dieter Schlesak, apátrida nacido en el seno de la comunidad sajona de Transilvania, en la época parte de Hungría) y Des gens très bien (de Alexandre Jardin, francés, nieto de Jean Jardin, director de gabinete de Laval, jefe del gobierno títere del mariscal Pétain).

Estas obras van desde la ficción pura en la primera, pasando por la novelación de hechos reales en la segunda y la tercera, hasta una confesión cuasi documental en la última. Los autores de origen alemán son hijos de víctimas alemanas del nazismo, mientras que el francés confiesa su vergüenza por el velo con el que su familia y la sociedad francesa, en general, han intentado cubrir una página negra del colaboracionismo galo con los crímenes del nazismo. Se trata de cuatro renovadas denuncias, escritas desde dentro y desde el presente, de la monumental barbarie practicada por varias sociedades europeas con amplia reputación de civilizadas.

En tanto que Zusak pone a la misma Muerte a describir la degradación a la que el régimen nazi sometió al pueblo alemán, Surminski nos presenta la ultrajante insensibilidad de un naturalista, oficial de las SS adscrito al campo de exterminio de Auschwitz, que dedicó su tiempo libre a escribir un artículo científico sobre la región donde cumplía sus siniestras funciones. Por su lado, Schlesak relata otro acontecimiento real: la satánica hazaña de Víctor Capesius, farmacéutico sajón nacido en Transilvania que se unió a las SS, colaboró activamente con las torturas y las muertes de judíos coterráneos suyos internados en Auschwitz tras de la ocupación alemana de Hungría y, juzgado tardíamente por un leniente tribunal alemán, resultó condenado a una ridícula pena que después le permitió vida larga y muerte en paz entre los suyos. Alexandre Jardin relata cómo su abuelo –también muerto en paz y con un aura de “honorabilidad”– fue, entre otras vilezas, el responsable directo de la redada, a cargo de la Policía francesa, que envió hasta los hornos de Auschwitz a más de trece mil judíos franceses, entre ellos unos cuatro mil niños. No escriben aquí las víctimas, sino los herederos de unas culpas colectivas que corren riesgo de ser olvidadas.

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Fernando Durán Ayanegui

Doctor en Química de la Universidad de Lovaina. Realizó otros estudios en Holanda en la universidad de Lovaina, Bélgica y Harvard. En Costa Rica se dedicó a trabajar en la política académica y llegó a ocupar el cargo de rector (1981).

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