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Actualizado el 11 de mayo de 2014 a las 12:00 am

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Al mirar, con un ojo cerrado y otro semiabierto, la irrisoria pena con la que la justicia (¿?) italiana sancionó finalmente al poderoso político Silvio Berlusconi, nos vino a la mente el cuento popular etíope El asno pecador , incluido por el autor de literatura infantil Gianni Rodari en su Enciclopedia della Favola , que se publica regularmente en Italia desde hace más de 40 años. Es probable que desde entonces no haya habido un niño italiano que no haya leído o escuchado esa historia sobre el día en que, en medio de un período de hambre provocado por la sequía, el león, el leopardo, la hiena y el asno se reunieron para determinar de quién era la culpa de que a todos se los estuviera “llevando la trampa”.

Tras largas deliberaciones, llegaron a la conclusión de que la terrible sequía era, sin duda alguna, el castigo por un grave pecado que habría cometido uno de ellos, así que decidieron intercambiar confesiones. Comenzó el león admitiendo que hacía poco se había metido en una granja y se había comido una ternera. Los demás miraron calculadoramente las gruesas patas del león y declararon que ese no era un pecado grave, lo que aprovechó el leopardo para confesar haberle despedazado una cabra a un pastor y habérsela manducado. Todos se fijaron en las afiladas garras y los fuertes músculos del asesino confeso antes de opinar que él tampoco había cometido un pecado grave. Enseguida procedió la hiena a declararse culpable de haberse zampado la gallina de unos campesinos, pero, vistos los afilados y relucientes colmillos de la fiera, la asamblea consideró que su pecado también era leve. Entonces el asno, de bien merecido nombre, dijo que tal vez él, por haberse aprovechado de un alto en el camino de su amo para comerse un manojo de hierbas… De más está decir que los tres carnívoros estuvieron unánimemente de acuerdo en que el pecado del asno era tan tremendo que había provocado el castigo divino y, en consecuencia, se lanzaron sobre él y lo devoraron.

Se pregunta uno por qué la justicia italiana no condenó a muerte a Rodari por el delito de publicar un retrato tan fiel y tan subversivo del sistema judicial republicano. O, quizá, la venganza represiva se había perpetrado por adelantado contra Etiopía –autora colectiva del relato de marras– cuando Benito Mussolini invadió y ocupó Abisinia. Y, por otra parte, si nos asomásemos con curiosidad a la historia reciente de algunas repúblicas iberoamericanas, sin duda nos encontraríamos con muy diversas combinaciones posibles de cuatro bestias –incluido el pobre asno en todas ellas– para escribir nuevamente la fábula etíope.

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Fernando Durán Ayanegui

Doctor en Química de la Universidad de Lovaina. Realizó otros estudios en Holanda en la universidad de Lovaina, Bélgica y Harvard. En Costa Rica se dedicó a trabajar en la política académica y llegó a ocupar el cargo de rector (1981).

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