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Juntas directivas bochornosas

Actualizado el 06 de septiembre de 2017 a las 10:00 pm

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Juntas directivas bochornosas

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Uno de los peores nombramientos que un gobierno podría hacer es poner a Varguitas, o a su alter ego, el Dr. Vargas, en la Junta Directiva del ICE o el Banco Nacional. ¿Qué saben este par de personajes de telecomunicaciones, electricidad o bancos?

Varguitas cumple, sin embargo, con los requisitos legales para estar en esos órganos directivos, aun sin saber un pito del negocio o, seamos indulgentes, conociendo solo generalidades. ¿Por qué? Muy sencillo, porque tiene algún título universitario y, salvo sensacional revelación, parece ser de buenas costumbres.

La clave es que el presidente de la República (este y el que le sigue), lo nombre en una junta directiva. Lo que necesita es una rogativa por allí, otra por allá, algún padrino que allane las cosas y, ¡zas!, termina sentado en un mullido sillón decidiendo sobre millonadas gracias a un dedazo.

Como Varguitas sabe poco de nada, a la hora de decidir sobre temas importantes quedará, en el mejor de los casos, a expensas de la burocracia, pues no tiene criterio propio. En el peor, pasará lo del personaje latinoamericano mítico aquel que decía: “No pido que me den, sino que me pongan donde ‘haiga’”. Hay una tercera opción: que se dedique a calentar asiento, sin aportar nada, pero ganándose las dietas.

Uno de los graves defectos de la política tica fue siempre la surtida fauna de pegabanderas, pusilánimes y vivazos, entre otros, con los que se poblaron las juntas directivas de empresas públicas e instituciones autónomas. También se puso a gente conocedora, pero digamos que eran escasitos. Eso fue el pan y mantequilla durante el bipartidismo: recompensar la lealtad y tolerar el tráfico de influencias.

El gobierno del cambio decía que era distinto. Decía. A juzgar por los hechos, se comportó a tono con la tradición antes descrita.

El PAC-en-el-Gobierno contradijo al PAC-como-opositor, que desde hace mucho había planteado una fórmula técnica para el nombramiento de estos órganos, basado en concursos públicos administrados por empresas reconocidas. Tan fácil como que el presidente aceptara los resultados de las ternas. Ni ley había que pasar por el Congreso.

Partidismos afuera, esta idea es buena y podría ser aplicada progresivamente. Empezar por las instituciones de mayor importancia y luego generalizarla. Debería persuadirse al próximo gobierno, quienquiera que sea, para que la adopte. No estamos para Varguitas empoderados.

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