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Actualizado el 30 de septiembre de 2016 a las 12:00 am

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El miércoles, aviones rusos y sirios atacaron dos hospitales civiles en Alepo, como parte de su brutal ofensiva contra la ciudad mártir. La semana previa habían arrasado un convoy de ayuda humanitaria internacional.

También el miércoles, investigadores de Holanda, Malasia, Bélgica, Australia y Ucrania confirmaron lo que era un secreto a voces: el sistema de misiles tierra-aire que derribó sobre territorio ucraniano un avión de Malaysia Airlines, el 17 julio del 2014, fue entregado horas antes por Rusia a los rebeldes separatistas bajo su control, quienes lo devolvieron tras cometer su horrendo crimen. Saldo: 298 muertos.

Para el régimen de Moscú, que en marzo de ese mismo año arrebató a Ucrania la península de Crimea, que en el 2008 despojó a Georgia de los territorios de Abjasia y Osetia del Sur y que mantiene sus amenazas contra Lituania, Estonia y Letonia, los ataques deliberados contra civiles son meras estrategias geopolíticas. Para la conciencia universal y el derecho internacional tienen otro nombre. Se llaman crímenes de guerra.

Que cualquier persona, grupo o país incurra en ellos es de sobra inaceptable; también punible, ya sea mediante tribunales especiales, la Corte Penal Internacional (CPI) o el principio de “jurisdicción universal”, que extiende la justicia local allende las fronteras nacionales. Pero que el responsable sea uno de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU es un acto de perversión absoluta.

Su retorcida naturaleza se multiplica a partir de otras dos variables. Una es la impunidad, asentada en la fuerza; otra, un cínico y elaborado desdén por los hechos.

Hasta ahora, Rusia ha usado su veto en el Consejo de Seguridad para impedir un arreglo que frene, o al menos atempere, la carnicería siria. Con mayor rapidez lo hará para eludir la posible remisión de sus crímenes a la CPI. Rusia, además, no solo miente; construye “realidades” paralelas ficticias o contrafactuales, divorciadas de los hechos o el juicio crítico, como método para eludir responsabilidades. Es la misma estrategia de Donald Trump.

Es difícil saber hasta dónde llegará con sus reiteradas perversiones, pero es fácil suponer que no se detendrá por consideraciones humanas. Para Vladimir Putin, la ética política es tan ajena como la honestidad. Solo entiende del poder. Y tiene mucho.

(*) Eduardo Ulibarri es periodista, profesor universitario y diplomático. Consultor en análisis sociopolítico y estrategias de comunicación. Exembajador de Costa Rica ante las Naciones Unidas (2010-2014).

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Eduardo Ulibarri

radarcostarica@gmail.com

Eduardo Ulibarri es periodista, profesor universitario y diplomático. Consultor en análisis sociopolítico y estrategias de comunicación. Exembajador de Costa Rica ante las Naciones Unidas (2010-2014).

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