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Actualizado el 15 de diciembre de 2013 a las 12:00 am

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En esta época carente de auténticos liderazgos, es natural que la desaparición de Mandela provocara una riada de tinta. Fue patético el esfuerzo de muchos personajes –que en su tiempo habrían sido sordos a las demandas de ayuda del libertador de Sudáfrica– por levantar, sobre esa inundación de loas, sus débiles olitas de ditirambos. (¿Siguiendo, acaso, la consigna de Oscar Wilde de admirar para hacerse admirar?). Tras leer a algunos, nos vino a la memoria Yáchmenev, personaje de John Boyne, para quien el epítome de la doblez en el discurso es “la espantosa Margareth Thatcher citando a san Francisco de Asís en los escalones de Downing Street”. El mismo funeral del héroe se convirtió en una pasarela de banalidades en la que no faltaron incongruencias como la presencia de insignes racistas y guerreristas que nunca compartirían el espíritu ghandiano del homenajeado. Por suerte, esa correntada de exhibicionismo no contaminará la abundante fuente de sabiduría, clara y simple, que dejó Mandela en sus escritos.

En relación con su pacifismo, que algunos ponen en duda, Mandela explicó ampliamente las razones por las cuales él y su movimiento debieron tomar la decisión de recurrir a la lucha armada: “La intensificación del apartheid , la prohibición de las organizaciones políticas y la clausura de todos los canales de protesta pacífica... nos obligaron a prepararnos para usar la violencia”. “Cuando decidimos tomar las armas fue porque la única opción restante era rendirse y someterse a la esclavitud”. “Debo decir que, cuando pensamos en tomar las armas, nos acercamos a numerosos Gobiernos occidentales en busca de apoyo y que nunca conseguimos ver a un solo ministro. Cuando visitamos Cuba, nos recibieron los más altos funcionarios, que nos ofrecieron inmediatamente cualquier cosa que quisiéramos y necesitáramos… El internacionalismo cubano ha hecho una contribución sin parangón a la independencia, la libertad y la justicia en África”.

Para recordar, una interesante cita suya: “Solo actué en unas pocas obras, pero tuve un papel memorable: el de Creonte, el rey de Tebas en la Antígona de Sófocles. Había leído algunos de los clásicos griegos en prisión, y los encontré enormemente enriquecedores. Lo que saqué en limpio de ellos es que el carácter se mide en la confrontación con las situaciones difíciles, y que un héroe es un hombre que no se derrumbaría ni bajo las circunstancias más extremas”.

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Otra cita: “¡Qué encantador eufemismo para referirse al elogio de uno mismo ha desarrollado la lengua inglesa: a utobiography! ”.

Y otra más: “Habrá vida después de que se marche este presidente”.

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Fernando Durán Ayanegui

Doctor en Química de la Universidad de Lovaina. Realizó otros estudios en Holanda en la universidad de Lovaina, Bélgica y Harvard. En Costa Rica se dedicó a trabajar en la política académica y llegó a ocupar el cargo de rector (1981).

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