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¡Heil vos!

Actualizado el 05 de abril de 2015 a las 12:00 am

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Comencé aquel aprendizaje con una película de Hollywood sobre la II Guerra Mundial, en la que cada vez que alguien anunciaba a gritos sincopados y simiescos la cercanía de un tal Himmler, todos los oficiales de las SS se ponían “en firme” chocando los tacones y levantando un brazo como si tuvieran sabañones en las axilas.

Luego me tocó en la vida real hacer casi lo mismo en un instituto militar donde no se saludaba al superior al estilo nazi, pero sí nos poníamos en atención cuando aparecía el comandante, un gordo tropical y bonachón que no podía devolvernos la cortesía porque la barriga no le permitía juntar los pies y, si hubiese intentado llevarse el filo de la mano a la frente, le habría salido un chichón.

Recibí el curso de posgrado en la oficina de un dirigente parlamentario, a quien me vi obligado a recurrir en una gestión desesperada relacionada con los problemas presupuestarios de la UCR.

El caso fue que las arcas de la UCR andaban como andan ahora las de la República Helénica, y urgía la aprobación legislativa de un presupuesto extraordinario ya negociado con el Ejecutivo. Aun cuando él no era tan robusto de cintura como el comandante de mi adolescencia, mi gestión ante el diputado consistía en rogarle que pusiera todo su peso en favor de la rapidez en el trámite, ya que el período del que se disponía legalmente expiraría muy pronto.

El padre de la patria buscó la ayuda de un pariente de alguien, que le servía de asesor, y este, tras hurgar entre papeles, anunció: “Diputado, la Casa Presidencial todavía no ha enviado ese presupuesto”. Obviamente, algo andaba mal en el circuito y todo parecía perdido, así que, extenuado de tanto chancletear de un antro del poder a otro, me rendí exclamando: “Entonces, estamos fritos”.

El diputado despidió a su asesor y, para demostrar su robustez política, puso una manaza sobre el teléfono y dijo: “No se preocupe, profesor, ahora vamos a la raíz del cacho”. Levantó el aparato, marcó con dedo seguro un número, escuchó el timbrado y, de pronto, como si hubiera entrado el mismísimo Himmler, se puso de pie de un salto, chocó las sandalias made in my province y dijo: “¡Señor presidente!, le habla…”.

Lo que siguió no viene al caso porque dejé de ponerle atención mientras trataba de recordar si, después de la abolición del ejército en la Constitución de 1949, el presidente de Costa Rica conserva el título de comandante en jefe de algo, aunque sea de las girls scouts o del Salvation Army.

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Fernando Durán Ayanegui

Doctor en Química de la Universidad de Lovaina. Realizó otros estudios en Holanda en la universidad de Lovaina, Bélgica y Harvard. En Costa Rica se dedicó a trabajar en la política académica y llegó a ocupar el cargo de rector (1981).

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