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Actualizado el 14 de octubre de 2014 a las 12:00 am

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Esta semana es crucial en materia presupuestaria. La Comisión de Asuntos Hacendarios, presidida hábilmente por Ottón Solís e integrada por diputados igualmente capaces del PLN, PUSC, ML y otros, habrá de dictaminar los recortes al proyecto de presupuesto ordinario para el 2015. Todos estamos a la expectativa del grosor (y filo) de sus tijeras.

Yo he navegado mucho (por roco) en estas aguas presupuestarias como analista y columnista, y alguna vez sentí el frío del déficit fiscal en el quehacer del Banco Central, mas nunca había visto semejante turbulencia. He visto ir y venir varias oleadas en estos días, algunas con emoción y, otras, con desenfado, pero todas dibujan, de alguna manera, el nuevo giro que está dando la política costarricense.

Lo primero es que los diputados de oposición (y algunos de su propia casa) le perdieron el miedo al Gobierno. Algunos fueron un poco más allá y le perdieron también el respeto (dicho sea con respeto) por sus vaivenes fiscales, su faltona interpretación del equilibrio “macro-” y la obcecada renuencia a asir el toro por los cuernos. Me recuerda la polémica vivida en 1980 entre la Administración Carazo, su propia fracción, y los diputados de oposición. No aceptó recortar el presupuesto y, entonces, ninguna fracción, ni la suya, le aprobó nuevos impuestos.

Fue el principio del fin. Lo recuerdo como si fuera ayer. El Gobierno rehusó recortar un solo cinco (antes, valían los centavitos) e hizo un recuento de las camas de hospital, dispensarios y aulas que debía cerrar para reducir el déficit. Se formaron dos bandos: obcecados y patriotas, que se lanzaban mutuamente recriminaciones. El presupuesto se aprobó tal cual; no hubo nuevos impuestos y, después, el déficit se financió con emisión monetaria del Banco Central. Los mercados cambiario y financiero se desbordaron y, al final, los pobres sufrieron un castigo muy cruel. Por dicha, hoy la política monetaria y cambiaria es diferente y el BCCR tiene reservas.

Pero no se atengan. El riesgo de menores entradas de capital está ahí, latente, y el déficit fiscal gravita en la balanza de pagos. ¿Qué hacer para evitar otra crisis? Comenzar el día con huevos (no se me ocurre nada mejor): recortar el presupuesto en un 1% del PIB; otro, en reforma del Estado (ya van dos); reformar el impuesto sobre la renta (global y mundial) y aprobar el IVA, pero con una tarifa del 15% (ya completamos 4 puntos). Pero no debemos parar ahí. Hay que hacer obra pública. Para no enviciarnos con más cargas, podemos vender activos del Estado para reducir la deuda pública y quebrar el pago de intereses, y, así, financiar la inversión. La tormenta fiscal perfecta.

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Jorge Guardia

Abogado, economista y columnista de La Nación. Fue presidente del Banco Central y consejero en el Fondo Monetario Internacional. Es además profesor de economía y derecho económico en la Universidad de Costa Rica.

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