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Actualizado el 09 de septiembre de 2014 a las 12:00 am

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Una de las ventajas de ser columnista es poder expresar opinión y dar consejos sin que nadie se los pida (ni le haga caso). Es, diría, un deber con el país y una obligación con los lectores.

Primero, debo hacer una corrección necesaria sobre la orientación del nuevo Gobierno. Se ha dicho, sin razón, que no tiene una clara visión. Yo creo que sí. Sabe bien lo que quiere y hacia dónde va; lo aclaró en una entrevista con Ignacio Santos en Canal 7: “Rescatar el Estado social de derecho”. Lo que no tiene claro es cómo hacerlo ni los efectos económicos a corto y medio plazo.

El Estado social de derecho es un concepto desarrollado en la Escuela de Derecho de la UCR y rescatado en jurisprudencias constitucionales. Apela a lo social por oposición al liberalismo económico, y es la versión socialista del Estado. Auspicia la organización de los medios de producción al servicio de la colectividad (función social de la propiedad), limita las libertades con amplia intervención en casi todos los campos (control de precios, restricciones) y se distingue por anteponer la reducción de la pobreza y redistribución del ingreso al equilibrio macroeconómico, competencia y eficiencia productiva.

Al menos, ya estamos notificados de su visión y verdadera ideología. El presidente, en el fondo, es socialista. Un soñador honesto y bien intencionado, pero insuficientemente informado sobre el funcionamiento de los mercados, los factores que influyen en las decisiones de inversión, el impacto de la economía externa en economías pequeñas y abiertas, las limitaciones de estimular la demanda interna sin crear inflación (recientemente pidió al BCCR combatir el desempleo con expansión monetaria, lo cual es peligroso y contrario a su autonomía institucional) y los peligros del desequilibrio “macro-” (fiscal y de balanza de pagos). Se preocupa por redistribuir primero antes de generar riqueza, y eso puede ser muy riesgoso. El sector privado podría resistirse a acompañarlo en esa aventura.

Este es el consejo: si no quiere perder al sector privado y fracasar en lo económico, debe mirarse en el espejo del presidente francés, le terrible monsieur Hollande , como lo llamó irónicamente The Economist , quien inició su gobierno con promesas de cambio radical bajo una plataforma socialista, pero, al cabo de dos años de fracasos económicos, terminó despidiendo a los socialistas de su gabinete económico y nombró como ministro de Economía e Industrias a Emmanuel Macron, un joven banquero de 36 años, para impulsar reformas económicas y laborales liberales. En Francia fueron dos años perdidos. ¿Querrá pagar el mismo precio? Sería una lástima.

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Jorge Guardia

Abogado, economista y columnista de La Nación. Fue presidente del Banco Central y consejero en el Fondo Monetario Internacional. Es además profesor de economía y derecho económico en la Universidad de Costa Rica.

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