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Actualizado el 20 de mayo de 2014 a las 12:00 am

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El Gobierno arrancó con el pie izquierdo. Sus primeras acciones han sido controvertibles (por decir lo menos) y sus omisiones, aún más notorias. Ya se dio cuenta de que gobernar es un juego muy distinto, mucho más difícil que hacer oposición en abstracto. No es lo mismo verla venir que bailar con ella.

Su barcaza hizo aguas en ciertos aspectos éticos. Se desdijo de cosas que iba a hacer y no hacer. Prometió el ostracismo al diputado que, por cosas pasadas, cayó en desgracia con sus fundamentalistas, y lo expulsó de su fracción, pero lo volvió a acoger para la elección del Directorio legislativo. Y, con ese mismo fin, se hizo la vista gorda frente a otro diputado del PUSC, previamente cuestionado, de cuyo voto se sirvió en esa misma elección. Su moral es relativa.

Su partido, por años, rechazó la existencia de la DIS (órgano de espionaje represivo al servicio oficial), pero, ahora que son Gobierno, la abrazó de nuevo y con igual fervor que sus predecesores, usándola para satisfacer compromisos políticos. También, por otro compromiso igual, decidió posponer por un año la discusión del proyecto de ley para permitir el matrimonio entre parejas homosexuales, pero, acto seguido, izó con pompa y desafío la bandera de la diversidad sexual en la Casa Presidencial.

En conjunción con la fracción del PUSC, coquetea con levantar el veto presidencial a la reforma laboral que condonaba la huelga de los servicios públicos en servicios esenciales como policía y salud, poniendo en riesgo la seguridad nacional y la salud humana. ¡Increíble! Pero guarda conspicuo silencio ante la iniciativa del Gobierno anterior, tendiente a poner coto a los pluses y demás abusos salariales del sector público.

Tampoco se sabe nada respecto a la forma de solucionar el déficit fiscal, cómo reducir la creciente deuda pública, cómo enfrentar el déficit de la balanza de pagos, qué hacer para reducir el desempleo, cómo lograr un crecimiento real superior al actual, y cómo mejorar la distribución del ingreso. En cambio, sí hay atisbos de lo que harán con el régimen cambiario. Aparentemente, piensan reducir el ancho de las bandas para llevar el tipo de cambio de la mano, como en las minidevaluaciones. ¿A quiénes beneficiaría? Principalmente, a los bancos. Eso es lo que ellos quieren: trasladar el riesgo al Banco Central para poder hacer dinero con la predictibilidad, en detrimento de los más pobres por la mayor inflación. ¿Vieron ustedes el acercamiento de la Asociación Bancaria con el Gobierno? Les prometieron financiar proyectos oficiales por $500 millones. No me imaginé que el PAC se dejara seducir así por los banqueros. ¡Qué desilusión!

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Jorge Guardia

Abogado, economista y columnista de La Nación. Fue presidente del Banco Central y consejero en el Fondo Monetario Internacional. Es además profesor de economía y derecho económico en la Universidad de Costa Rica.

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