Opinión

En Guardia

Actualizado el 25 de febrero de 2014 a las 12:00 am

Opinión

En Guardia

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

No me pareció nada mal la decisión del Banco Central (BCCR) sobre la intervención avizorada en el mercado cambiario. He notado que varias personas y asociaciones la critican por haber decidido no publicar los criterios de intervención. Yo, no. Los banqueros centrales raramente sueltan prenda en esta materia tan delicada.

La razón para mantenerla en reserva es muy válida: si enseña sus cartas, otros tratarán de sacar ventaja apostando contra ellas, especulando o arbitrando, y realizando pingües ganancias. Además, se podría anular la tendencia del mercado, que es fundamental para restablecer el equilibrio y contribuir a cerrar el déficit en la cuenta corriente de la balanza de pagos. Un régimen cambiario más libre y flexible, sin manoseo oficial ni privado, es la mejor garantía para evitar una crisis como la de 1980.

Yo no sé si los detractores, ávidos de trasladar el riesgo cambiario de nuevo al Central, impugnarán su resolución para exigir los pormenores de cuándo y cómo intervendrá en el mercado; tampoco, si la Sala IV les daría la razón por no haber sido declarada secreto de Estado. Pero, si lo obligaran, no le quedaría más recurso que migrar a una flotación limpia, sin engavetar ningún criterio de acción u omisión, y descansar en su ley orgánica que le impone el deber (no discrecional) de evitar fluctuaciones violentas en el mercado cambiario.

Dos reglas en la nueva decisión me gustan mucho: garantizar que la intervención no irá a contrapelo de la tendencia del mercado cambiario (conforme a las circunstancias cambiantes de la economía externa e interna), y la elaboración de un presupuesto de aplicación diaria, con un límite anual, más allá de los cuales no cabría la intervención.

Eso equivale a fijar un límite cuantitativo a la venta de divisas. Esta disposición explícita es un principio general, aunque no se cuantifique, y resulta fundamental para rescatar la programación monetaria, que exige expandir la liquidez y el crédito conforme al crecimiento esperado del PIB, pero no más.

La liquidez es la savia que lubrica el andamiaje del PIB. Si sobra, habrá inflación; si falta, recesión. El arte de la banca central es inyectarla en justa medida. Toda vez que el BC vende divisas, absorbe liquidez, y, si se engolosina al proteger el tipo de cambio, podría resecar el mercado y causar daños a la producción y el sistema financiero.

PUBLICIDAD

Además, debo prevenir otra amenaza: ciertos grupos están presionando a los candidatos presidenciales para comprometerlos a variar la política del BC e intervenir más activamente en el mercado para prolongar en el tiempo los ajustes y poder predecir la devaluación, como en las “minis”.

¡Mucho cuidado! No se dejen seducir. Su interés no siempre coincide con el interés nacional.

  • Comparta este artículo
Opinión

En Guardia

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

Jorge Guardia

Abogado, economista y columnista de La Nación. Fue presidente del Banco Central y consejero en el Fondo Monetario Internacional. Es además profesor de economía y derecho económico en la Universidad de Costa Rica.

Ver comentarios
Regresar a la nota