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Actualizado el 18 de febrero de 2014 a las 12:00 am

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Me pareció muy irónica la aprobación legislativa (en primer debate) del proyecto de ley para restringir y gravar los capitales financieros provenientes del exterior, ahora que van de guinda.

Hace un año, el proyecto pretendía evitar la apreciación del colón sin que la exposición de motivos expusiera sus verdaderas causas: mayor inflación interna, voluminosa inversión extranjera directa y creciente endeudamiento público en el exterior. Nunca hubo suficiente honestidad intelectual para reconocerlo. Prefirieron inculpar al capital “golondrina”, que siempre fue muy marginal, para encubrir sus propias omisiones.

Hay argumentos para explicar por qué nunca se debió a aprobar, ni, mucho menos, ahora (en segundo debate). El más claro es que, en vez de atacar sus causas, se concentraba en los efectos. Perseguir los efectos siempre será una estrategia equivocada, costosa e ineficaz. Debemos recordar que, cuando se presentó, las entradas de capital financiero tenían dos causas fundamentales: externas e internas. Las externas emanaban de la política monetaria expansiva de la FED, que provocaba bajas tasas de interés, y el capital migraba buscando mayor rentabilidad; las internas eran nuestras altas tasas de interés y la rigidez cambiaria, que eliminaba el riesgo de una devaluación para el inversor foráneo.

No íbamos a ser tan ingenuos para pretender anular las externas, ni, tampoco, tan indolentes para ignorar las internas. Nuestras tasas de interés han sido históricamente elevadas, pues la inflación siempre ha superado la internacional, y el tipo de cambio se había convertido, de hecho, en uno de carácter fijo. Era muy fácil traer recursos externos para invertir en colones sin incurrir en ningún riesgo cambiario (lo asumía el BCCR). Pero, para verdades, el tiempo. Como previno en su oportunidad el grupo de economistas, las circunstancias externas podían cambiar. Y lo hicieron.

Ya la FED nos está izando la carga. Disminuyó sus compras de bonos e hipotecas para mermar liquidez, y luego subirá las tasas de interés con fuerte impacto cambiario. Los capitales se irán solitos. ¿Volverán? No lo sé. Pero, si se asomaran otra vez, habría que hacer la tarea: controlar el déficit fiscal y la inflación para bajar las tasas de interés, y flotar la moneda. Sería insensato amenazar otra vez con decapitarlos, pues también los podríamos volver a necesitar.

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Además, hay vicios legales que la Sala IV deberá evaluar: la excesiva discrecionalidad tributaria delegada por el Congreso a un Banco Central que no siempre ha dado muestras de verdadera independencia. Si lo rechaza, en vez de un mal, les haría un favor a la economía y al país.

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Jorge Guardia

Abogado, economista y columnista de La Nación. Fue presidente del Banco Central y consejero en el Fondo Monetario Internacional. Es además profesor de economía y derecho económico en la Universidad de Costa Rica.

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