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Actualizado el 28 de enero de 2014 a las 12:00 am

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No voy a comentar los últimos avatares de la política, sino las vicisitudes económicas que podría experimentar quien resulte electo. Para ello, analizaré el caso argentino, ejemplo de mal manejo financiero.

El peso se ha venido depreciando en el mercado negro desde el 2011, cuando Fernández de Kirchner intervino el Banco Central, destituyó a su presidente e impuso restricciones a la venta de divisas. En ese período, perdió $22.000 millones de reservas tratando de sostener un tipo de cambio oficial del todo insostenible. La semana pasada, cayó de nuevo abruptamente. Y, aunque se relajaron las restricciones (el “cepo”), expertos aseguran que será insuficiente. El bajo saldo de reservas ($28.000 millones) no permitirá avalar más el tipo de cambio oficial.

¿Qué motivó la abrupta caída? Hay varias explicaciones. Unos dicen que es el cambio de la política monetaria de la FED en EE. UU. que, sin duda, afectará a las demás monedas; otros, que la alta y prolongada inflación (28%) obliga a devaluar para mantener la competitividad; hay quienes aseguran que es la emisión para financiar el gasto público; otros ven la raíz en el déficit de balanza de pagos, financiado con entradas de capital que podrían mermar por la primera razón; y también la ralentización de China, que afectará las exportaciones y crecimiento de países emergentes.

Creo que todas se juntan. El Gobierno, hostil al empresariado, controla precios, oculta la verdadera inflación, impone restricciones (ataca los efectos, no las causas), emite para financiar sus gastos, consiente un alto déficit en balanza de pagos, y ya se empiezan a sentir los efectos del cambio monetario de la FED. Todo va en su contra. Pero el Gobierno, en vez de corregir las causas y dejar la moneda flotar para proteger sus reservas, insiste en fijarlo artificialmente. Y, claro, los inversionistas tratan de proteger sus activos refugiándose en el dólar. Es una historia tantas veces contada en muchos países distintos.

Y eso me lleva a aterrizar en Costa Rica. Para evitar una eventual fuga de capitales habría que enfrentar el alto déficit fiscal consolidado (7% del PIB), reducir el faltante en la balanza de pagos (7% del PIB), controlar la inflación (insostenible por las pérdidas del BCCR) y cuidar la demanda de crédito por el mayor crecimiento esperado de la producción. Ya el tipo de cambio comenzó a despertar de su aletargado sueño. Y, si se suma el nerviosismo por las incertidumbre política, el mercado podría reaccionar al alza. ¿Qué más deberá hacer el próximo Gobierno, si varían los flujos de capital? Lo discutiremos después del 2 de febrero, cuando se despeje la incógnita principal.

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Jorge Guardia

Abogado, economista y columnista de La Nación. Fue presidente del Banco Central y consejero en el Fondo Monetario Internacional. Es además profesor de economía y derecho económico en la Universidad de Costa Rica.

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