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Actualizado el 15 de octubre de 2013 a las 12:00 am

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El debate entre el INEC y la UNA sobre el desempleo fue aleccionador. Ambos tienen razón (en parte). El desempleo oficial es un 10,3% –no hay quite–, pero el potencial lo duplica. El primero es la cruenta historia del gallo enano, que en querer y no alcanzar se la pasa todo el año; el segundo es una ironía: incluye a los que tienen ganas de trabajar, pero se las aguantan.

Todos concordamos, sin embargo, en que las cifras son muy elevadas para permanecer indiferentes. De la discusión metodológica debemos pasar a otra más complicada: ¿Cómo reducir el desempleo? Cualquier respuesta pasa por una estrategia de crecimiento. Crecer, sí, pero de forma elevada y sostenida, no con base en una coyuntura temporal de mayor gasto público y políticas monetarias expansivas.

Por desgracia, las perspectivas de crecimiento no son buenas. El PIB se ha desacelerado, a pesar de que el índice mensual de actividad económica (IMAE) registra cuatro meses de modesta aceleración (4% interanual). Las empresas en zona franca (protegidas) crecen más, pero las desprotegidas apenas registran un 2,2%. ¿Habrá que darles a las desprotegidas, que son mucho más numerosas, el tratamiento fiscal mas favorable de las protegidas para redondear el milagro? Mmm, como dicen los aficionados a los mensajes de texto. Si se generalizan los beneficios, quebraría el Estado.

¿Puede el Estado hacer algo? Sí y no. Debe generar confianza y estabilidad para que el sector privado invierta. Pero debe abstenerse de aumentar la burocracia con el fin de reducir temporalmente el desempleo. También debe aumentar su propia inversión e incrementar la productividad para que podamos competir mejor en el exterior y en el mercado local. En este contexto, dos son las reformas básicas para combatir el desempleo: resolver el problema fiscal y hacer flotar la moneda. Así lo reconoce el Banco Mundial en un contexto regional más amplio.

La reforma fiscal (mayores impuestos, menos gastos) es clave para canalizar más recursos a la inversión, y, a la vez, reducir el déficit para bajar las tasas de interés e inflación y estimular por esa vía al sector privado. Y se debe flotar la moneda ante el inminente incremento de las tasas internacionales de interés, que irán acompañadas de menores entradas de capital. El beneficio sería doble: mayores exportaciones y más producción para el mercado local, que se volvería más competitivo al devaluar. Es lo que propuse desde el 2011 en mi libro sobre el régimen cambiario. Lástima que la academia y la clase política no le prestaran suficiente atención. Pero me queda la satisfacción de que el tiempo y el Banco Mundial me dieron la razón.

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Jorge Guardia

Abogado, economista y columnista de La Nación. Fue presidente del Banco Central y consejero en el Fondo Monetario Internacional. Es además profesor de economía y derecho económico en la Universidad de Costa Rica.

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