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Actualizado el 08 de octubre de 2013 a las 12:00 am

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Los lectores de esta columna merecen una explicación de mi efímero tránsito por el tortuoso camino de una campaña electoral. Me pidieron ayuda, y se la di; menospreciaron mis consejos, y me fui. Ya estoy de vuelta en esta columna, como Tío Coyote, con el “trasero quemao”.

Todo sucedió en un abrir y cerrar de ojos, como los mejores (y peores) momentos de la vida. Yo no pensaba arrollarme de nuevo las mangas ni calzar mis botas de hule para pisar el fango de la política. Pero el expresidente Calderón (mi querido primo) me pidió que ayudara al Dr. en su nueva cruzada. Rafael Ángel suele decir a sus amigos que yo fui el arquitecto de su exitosa política económica. Eso mismo le dijo al Dr. Y yo, ruborizado por la demasía y agradecido por su confianza, no hallé cómo decirle que no.

El Dr. me distinguió con la coordinación de la parte económica, el Comité Estratégico, servir de enlace con los asesores externos (muy competentes, por cierto), y me pidió colaborar estrechamente con él para elaborar respuestas a las interpelaciones que se suscitan cotidianamente en los avatares de la política. Así lo hice. Lo acompañé a reuniones y respondí consultas que día a día le formulaban, sin pedir nada a cambio. Dirigí la parte macro- del programa económico (la micro- la lideró hábilmente Gonzalo Fajardo), y en lo estratégico me alumbraron las sabias miradas de Rolando Laclé y Danilo Chaverri. Un equipo de rompe y rasga.

Produjimos juntos una robusta estrategia de campaña, elogiada por el asesor externo. El Dr. la aprobó y agregó que él se encargaría de ejecutarla, junto al jefe de campaña. Alegría e ilusión recorrían nuestros rostros. Nos dimos por entero a la tarea de sugerir ideas, analizar posiciones, formular planteamientos. Norberto Zúñiga, un valioso economista, alimentaba día a día la mesa de dibujo. Pero tantas ideas chocaban en el vallar de la inejecución. La ilusión cedió paso a la decepción y frustración. Entonces, renunciamos.

Días después, recibimos la sorpresa de que el Dr. también se iba. ¿Cómo así?, nos preguntamos; ¿será que él también se frustró? Su carta de despedida –“La motivación se fue de viaje”– fue demasiado dura. Sugirió culpas, traiciones y puñales, pero sin mencionar nombres. El jefe de campaña, Humberto Vargas, tuvo la ocurrencia de decir públicamente que era yo, junto a mis compañeros, a quienes el Dr. atribuía la incisión. ¡Qué osadía! A él le responderemos por separado y en las vías que corresponda. Pero hoy emplazo al Dr. para que me diga, mirándome a los ojos, si después de todo lo que hice por él, y la franqueza con que siempre le hablé, le clavé un puñal. Hable, Doctor, o calle para siempre.

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Jorge Guardia

Abogado, economista y columnista de La Nación. Fue presidente del Banco Central y consejero en el Fondo Monetario Internacional. Es además profesor de economía y derecho económico en la Universidad de Costa Rica.

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