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Actualizado el 27 de agosto de 2013 a las 12:00 am

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En los círculos económicos, políticos y académicos por donde deambulo discutimos con interés el buen artículo de Carlos Sojo, intitulado “Rascar donde no pica”, publicado en La Nación el 23 de agosto. Versa sobre el combate al desempleo, pobreza y desigualdad, temas claves en esta (y cualquier) campaña electoral.

Coincidimos en que los programas sociales, aunque necesarios, sufren de ineficiencia, despilfarro, clientelismo, duplicidades y corrupción, y deben mejorarse, pero son insuficientes para derrotar la pobreza y desigualdad, pues representan solo un 12% del ingreso del 20% más pobre de la sociedad. ¿Dónde está, entonces, las magia de la solución?

En su opinión (y la nuestra), el diagnóstico es bastante claro y la cura reside en los ingresos del empleo generado por la empresa privada. “Si no hay trabajo –dice–, tampoco hay ingreso estable y suficiente”. Es una verdad como un templo. Pero, a partir de ahí, las acciones e inyecciones se empiezan a diversificar.

Nosotros le asignamos un rol vital a la macroeconomía y otras políticas de crecimiento (micro-) para dar estabilidad, generar confianza e impulsar la inversión (sin subsidios), pues de ella dependen el crecimiento del PIB, los empleos e ingresos, y en ellos subyace la porción cuantitativa más galana en la lucha contra el desempleo, pobreza y desigualdad. La receta incluye varias medicinas: primero, el Estado puede, sin engrosar su planilla, emprender una reforma fiscal para privilegiar la inversión en infraestructura, generar mucho trabajo privado y mejorar la productividad.

Segundo, generar un clima propicio de negocios para catapultar la iniciativa privada. Y ahí es donde lo “macro-” y otras políticas juegan papeles vitales. La macroeconomía debe estar en razonable equilibrio –déficit fiscal, balanza de pagos– para que los macroprecios sean estables sin alimentar riesgos capaces de generar crisis. Los impuestos han de ser razonables; el gasto, eficiente; amplia competencia para mejorar la asignación de recursos; mayor flexibilidad laboral, eliminar o disminuir subsidios, exenciones, beneficios y prebendas; aumentar el crédito y abrirlo a todos a tasas bajas y estables, servicios públicos eficientes y a precios competitivos, eliminar trabas burocráticas y, en general, garantizar ese buen clima de negocios que es vital. Tercero, entrenar la fuerza laboral en los niveles más pobres para reincorporarlos a corto plazo al mercado, y, a largo plazo, mejorar la educación (MEP), incluyendo la especializada (INA) para responder mejor a las demandas productivas del sector privado, hoy insatisfechas. Ahí, creemos, es donde más pica. Y ahí se debe rascar.

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Jorge Guardia

Abogado, economista y columnista de La Nación. Fue presidente del Banco Central y consejero en el Fondo Monetario Internacional. Es además profesor de economía y derecho económico en la Universidad de Costa Rica.

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