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Actualizado el 14 de julio de 2013 a las 12:01 am

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Se ha comentado mucho cierta diferencia entre el historiador militar y el historiador de la literatura. El primero siempre señala, por cada batalla, de quién fue la victoria y de quién la derrota; el segundo nunca menciona las obras derrotadas: aquellas que, aun cuando llegaron a publicarse y tal vez poseían algún mérito, terminaron olvidadas, como los soldados rasos muertos en combate. “Mi libro es excelente, no entiendo por qué nadie lo lee ”, le oímos decir una vez a un autor cuya obra no pasó de ser una entrada en el inventario de la editorial. En un intento por aliviarle su frustración, admitimos: “Sí, eso es injusto, es como si se prohibiera poner lápidas en los cementerios”. No entendimos por qué se molestó, pero un día de estos se nos aclaró todo: “aquel literato carecía del sentido del humor desplegado por un ministro que, a propósito de los resultados de una encuesta reciente, declaró, en el mejor estilo gradería-de-sol, que el gobierno la perdió por goleada”.

Los datos de una encuesta de opinión abren diversas perspectivas de análisis. Una de ellas, desde la que se observa el pasado, es lapidaria –incluso en sentido funerario– porque expresa de manera irrevocable lo que la gente piensa de algo ya ocurrido. Claro que, como esos datos no salen de un laboratorio de mediciones físicas, es válida toda refutación que los “goleados” deseen hacerle. Hasta la del autor frustrado: “Nuestra obra es formidable, no entendemos por qué nadie lo reconoce”. Solo que la cosa se complica cuando el resultado ya se aceptó, deportivamente, como una simple goleada: por reglamento, en la cancha los fallos del árbitro son inapelables.

Otra perspectiva, la que excita a los profetas, apunta al futuro aunque ya sabemos que una encuesta es tan solo “la foto de un momento” y por ello su resultado es efímero. Es decir, que debería ser lapidante solo para quienes insistan en ser candidatos aun cuando apenas superen, en la intención de voto, el margen de error. Por lo demás, si la empresa encuestadora tiene fama de confiable, el resultado de la encuesta llega a influir en el ánimo de la colectividad mucho más que la publicación de los discursos o las declaraciones de cualquier candidato. Sobre todo en esta época, en la que ya está claro para todo el mundo que cuanto “dice” o “escribe” un candidato no representa lo que ese actor-simulador piensa.

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Es lógico que muchos electores decidan por quién van a votar consultando los sucintos resultados de las encuestas y no oyendo o leyendo aburridos discursos o artículos urdidos por comités de asesores y redactados por “negros” literarios.

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Fernando Durán Ayanegui

Doctor en Química de la Universidad de Lovaina. Realizó otros estudios en Holanda en la universidad de Lovaina, Bélgica y Harvard. En Costa Rica se dedicó a trabajar en la política académica y llegó a ocupar el cargo de rector (1981).

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