Opinión

Fernando Durán: Epifanía

Actualizado el 10 de mayo de 2015 a las 12:00 am

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¿Existirá un parentesco entre la idiotez castrense y la estolidez burocrática? Cuando me disponía a escribir esta columna, me convocaron por teléfono a finiquitar un trámite en un lugar cercano a la Corte Suprema de Justicia.

Abandoné el teclado, me puse en marcha, hice lo debido y, en el camino de regreso, al pasar frente a una agencia del Banco Nacional recordé que justamente ahí tenía que hacer una simple consulta.

Olvidando que no llevaba conmigo un libro para protegerme de las posibles pérdidas de tiempo, cometí el error de entrar. La señorita que, sin preguntar mi nombre ni pedirme identificación, me dio una ficha, me ordenó esperar sentado en una sala que parecía ser el almacén de una fábrica de maceteros: frente a mí pasaban, en erráticos recorridos, empleados que invariablemente llevaban en sus manos hojas de papel, blancas y no verdes como las de las hormigas que cargan fragmentos vegetales para nutrir sus cultivos de hongos.

La espera iba a ser larga y el desfile de hormigas era cada vez más aburrido, pero de pronto ocurrió la epifanía: vino a mi memoria una etapa de mi adolescencia en la que por azar estudiaba, en la Cuba prerrevolucionaria, en una institución regida por la disciplina militar y donde soportaba con estoicismo la vida de cuartel haciéndome la ilusión de que, si bien me encontraba en un zoológico, no estaba dentro de una jaula.

Entre las estulticias que ahí se daban, figuraba la de unos montones de pedruscos artísticamente apilados en los extremos del polígono, espacio rectangular de grandes dimensiones en el que, además de realizar ridículos ejercicios, de vez en cuando escenificábamos desfiles patrioteros. La función de las moles rocosas era estrictamente punitiva, ya que como castigo por ciertas faltas se nos obligaba, sin más juicio que el de los beocios oficiales, a llevar de un extremo a otro del polígono una cantidad de ellas que dependía de la gravedad de cada falta.

Omito las caracterizaciones morfológicas que hice durante mi inmóvil espera, porque sería impropio mencionar los efectos secundarios de la ingestión de pizzas y cervezas. Solo diré que llegué a preguntarme si el personal del BN no estará sometido a disciplina militar y le imponen como castigo llevar papeles inútiles de un extremo al otro de su “polígono”. Debo confesar, eso sí, que en algún momento me dije: “Sería buena idea anexar esta bodega al Banco de Costa Rica”. Y no se me endilguen ideas privatizantes, ya que ambos bancos son estatales.

(*)Fernando Durán es doctor en Química por la Universidad de Lovaina. Realizó otros estudios en Holanda en la Universidad de Lovaina, Bélgica y Harvard. En Costa Rica se dedicó a trabajar en la política académica y llegó a ocupar el cargo de rector en 1981.

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Fernando Durán Ayanegui

Doctor en Química de la Universidad de Lovaina. Realizó otros estudios en Holanda en la universidad de Lovaina, Bélgica y Harvard. En Costa Rica se dedicó a trabajar en la política académica y llegó a ocupar el cargo de rector (1981).

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