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Actualizado el 10 de junio de 2017 a las 10:00 pm

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Compartí el lamento general desatado por la retirada de Estados Unidos del Acuerdo de París dentro de la Convención de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, pero en mi fuero interno seguí creyendo que ese acuerdo llegó tarde, es insuficiente y no es equitativo. Con anterioridad, cuando todos los Estados miembros de la ONU, con excepción de Nicaragua y Siria, acabaron firmándolo, pensé que por cortesía nadie debe presentarse en una fiesta de bodas anunciando la muerte del abuelo de la novia, aunque juzgué que la mejor caricatura sobre el acuerdo fue aquella en la que, a bordo del Titanic, los ingenieros navales calculaban, poco después del choque con el iceberg, el espesor adicional que debió haber tenido el casco metálico del transatlántico. Probablemente, estoy equivocado, y eventualmente no me molestaría reconocerlo, pero no cabe acusarme de pesimista ni de confundido: por cada una de mis tres objeciones al acuerdo, coincido al menos con una opinión de alguien mejor informado.

Desde luego, se debe reconocer que en casos como este las buenas maneras diplomáticas exigen de todos los gobernantes jubilosas expresiones de satisfacción, pero las razones dadas por los de Nicaragua para no firmar el acuerdo me parecieron –para no reconocer que las comparto– cuando menos atendibles, y si no le di mucha importancia a la ausencia de nuestro vecino del norte fue porque, al igual que las nuestras, sus dimensiones territorial y demográfica son más bien limitadas. Sí es oportuno señalar que las razones nicaragüenses para no entrar fueron muy diferentes a las dadas por Trump para salirse.

Llegado a este punto se me ocurrió una suerte de experimento. Estando casi seguro de que muy pocos costarricenses habían leído o escuchado los argumentos nicaragüenses, pregunté en una de las redes sociales, con un tanto de malicia, a quién, en las nuevas circunstancias, desearíamos derrocar primero: a Donald Trump o a Daniel Ortega.

Me arrepiento de haberlo hecho. No sé si hablar de prejuicios, pero no tardé mucho en descubrir –o confirmar– que entre mis compatriotas abunda cierta propensión a condenar sin argumentos lo que venga de Nicaragua solo por el solo hecho de… venir de Nicaragua. Fue repugnante la forma como algunos ticos señalaron, sin informarse y sin reflexionar, que el pecado nica de no entrar es más grave que la falta gringa de salirse. Me pareció penoso.

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Fernando Durán Ayanegui

Doctor en Química de la Universidad de Lovaina. Realizó otros estudios en Holanda en la universidad de Lovaina, Bélgica y Harvard. En Costa Rica se dedicó a trabajar en la política académica y llegó a ocupar el cargo de rector (1981).

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