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Actualizado el 14 de febrero de 2016 a las 12:00 am

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Se diría, a simple vista, que en la naturaleza suelen darse, para un mismo problema, dos o más “soluciones” entre las cuales no siempre es fácil discernir un “propósito” común: las estructuras ramificada hacia fuera de un árbol y sus raíces, y ramificada hacia dentro del sistema circulatorio de un animal, aunque aparentemente distintas son en el fondo la misma respuesta a la necesidad de llevar nutrientes a los tejidos de un ser vivo.

Sin embargo, la evolución –ese lento e inescapable juego de azar– da pie a comparaciones poco acertadas como la que se hace entre las funciones de las neuronas en el cerebro y las funciones de las hormigas en el hormiguero; en ella pareciera pasarse por alto la posibilidad de que un hormiguero de gran tamaño sea, en su conjunto, casi tan inteligente como algunos seres humanos o, para no exagerar, más inteligente que nuestros primos los chimpancés; y de que los hormigueros y los cerebros de los mamíferos representen, en la naturaleza, rutas divergentes, pero ambas exitosas, hacia la inteligencia compleja.

La mayoría de los intentos evolutivos fracasaron a corto plazo y esa es la razón por la que no quedan vestigios de ellos. Hay, en cambio, abundantes rastros de aquellos que fueron exitosos porque retardaron en alguna medida la extinción de las especies a las que dieron lugar, y quizás el más notable de todos sea el desarrollo de la inteligencia en los mamíferos superiores.

En la actualidad se vislumbra cada vez más la posibilidad de que la especie humana, la más exitosa desde esa perspectiva, se extinga justamente a causa de su inteligencia y, por el contrario, de las hormigas se augura que sobrevivirán a cualquier desastre natural o –como lo sería una catástrofe nuclear– “inteligentemente” provocado.

Se estima que el cerebro de una hormiga difícilmente alberga un cuarto de millón de neuronas, mientras que en un cerebro humano puede haber poco menos de cien mil millones de estas; sin embargo, dado que las hormigas mantienen entre sí una riquísima comunicación por medios táctiles y químicos, un hormiguero numeroso contaría con una cantidad sumamente impresionante de neuronas interconectadas. Esto, sumado a la ausencia de egoísmo en el hormiguero, significaría para este, en términos de capacidad para la supervivencia, una gran ventaja que podría hacer que la especie humana se extinga antes que algunas especies de hormigas. Pero hay esperanza: según Chamfort, tras el fracaso del diluvio, Dios decidió nunca más enviarnos otro.

Fernando Durán es doctor en Química por la Universidad de Lovaina. Realizó otros estudios en Holanda en la Universidad de Lovaina, Bélgica y Harvard. En Costa Rica se dedicó a trabajar en la política académica y llegó a ocupar el cargo de rector de la UCR en 1981.

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Fernando Durán Ayanegui

Doctor en Química de la Universidad de Lovaina. Realizó otros estudios en Holanda en la universidad de Lovaina, Bélgica y Harvard. En Costa Rica se dedicó a trabajar en la política académica y llegó a ocupar el cargo de rector (1981).

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