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Actualizado el 18 de mayo de 2017 a las 10:00 pm

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Cualquier acto público de violencia criminal genera impacto inmediato. Sus víctimas sufren, la Policía interviene, la gente se alarma, los medios ordeñan el caso, el gobierno promete acción y protección y los demagogos predican “soluciones” que no lo son. Todos estos factores se exacerban cuando la línea narrativa de los hechos involucra personajes siniestros, niños inocentes, brutalidad ostentosa, vehículos de lujo, ráfagas de ametralladora, descuidos estatales y, como escena, una institución de enseñanza.

No en balde el asesinato de Elías Akl y su guardaespaldas Ángel Blanco, en Guachipelín de Escazú, ha conmocionado al país. Si no lo hiciera, sería alarmante: una señal de que los ajustes de cuentas pandilleros han pasado a ser parte de la vida cotidiana.

Para impedir que esto último ocurra, y responder a la ciudadanía, las autoridades tienen ante sí dos grandes tareas. La inmediata es restablecer cierta tranquilidad y confianza en su capacidad, para lo cual, al menos, deben dar señales de determinación y reacción eficaz. Pero si se quedan aquí, enfatizan lo simbólico sobre lo real (una tentación recurrente), lo reactivo sobre lo proactivo, y los reclamos a otros (sean jueces o fiscales) sobre la cooperación frente al desafío, muy pronto los gestos perderán sentido y se volverán en su contra. Por esto se impone, con igual urgencia, la segunda tarea, que tiene un solo nombre: estrategia.

Si la inseguridad no se aborda desde una visión integral, que contemple prevención, inteligencia informativa, investigación profesional, minería de datos, coordinación, seguimiento, buenos controles, competencia profesional, cooperación internacional, represión oportuna, involucramiento ciudadano y aplicación sistemática de la ley, será muy difícil revertir la curva delictiva que ha comenzado a ascender.

Hasta ahora, en las versiones oficiales, el abordaje estratégico no ha mostrado su cara con claridad; en las de algunos políticos cazavotos, tampoco, y no se nota un interés periodístico por ahondar en él. Seguimos en modo reactivo; en los disparos aleatorios, no en los grandes planes de batalla.

Es necesario volver a los planes de largo aliento, pensar con claridad, actuar con precisión y cruzar los dedos para que todo funcione.

(*) Eduardo Ulibarri es periodista, profesor universitario y diplomático. Consultor en análisis sociopolítico y estrategias de comunicación. Exembajador de Costa Rica ante las Naciones Unidas (2010-2014).

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Eduardo Ulibarri

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Eduardo Ulibarri es periodista, profesor universitario y diplomático. Consultor en análisis sociopolítico y estrategias de comunicación. Exembajador de Costa Rica ante las Naciones Unidas (2010-2014).

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