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Actualizado el 04 de agosto de 2013 a las 12:00 am

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Esta podría ser la más vieja historia de espías. El paladín escita Batraz, cansado de sitiar una ciudad enemiga al parecer inexpugnable, una noche se hizo lanzar, oculto dentro de un cadáver de caballo, por encima de la muralla. Como lo previó el líder escita, los asediados decidieron esperar hasta el amanecer para enterrar el despojo que, creían, les había sido enviado a manera de insulto y, aprovechando el sueño de la ciudad, el espía salió de su escondite, liquidó a los vigilantes y, abriendo la puerta, facilitó la entrada de su ejército para rematar una victoria aplastante. A juzgar por la antigüedad que le atribuye a Escitia el historiador Heródoto, se puede suponer que aquel episodio fue anterior a la guerra de Troya y prefiguró la leyenda del caballo de madera con el que los griegos lograron engañar a los troyanos, lo cual haría de Batraz el más antiguo espía y superhéroe de Occidente. Pero habrían de transcurrir varios milenios antes de que el nombre de Costa Rica brillara por vez primera en el firmamento europeo del espionaje con la infiltración en Berlín, por parte de la inteligencia soviética, de un agente ruso que, haciéndose pasar por comerciante costarricense de café, obtuvo datos importantes sobre el proyecto alemán de invadir la URSS.

Estos dos ejemplos -otros se omiten por falta de espacio- muestran lo que pueden lograr desde un espía solitario, audaz e inteligente convertido en vísceras de un equino hasta otro infiltrado en el riñón del estado mayor enemigo, e invitan a admirar y aplaudir la genial idea de nuestro gobierno de presentar a la Asamblea Legislativa un proyecto que le permitirá implantar, en cuatro capitales claves del mundo, igual número de magníficos policías costarricenses que cumplirán la misión de insertarse dentro de los más arcanos antros de las mafias internacionales con el fin de descubrir, antes de que puedan ser ejecutados, los planes urdidos por esas organizaciones para desestabilizar primero y destruir después nuestra ejemplar democracia.

No es difícil imaginarse las intrincadas y peligrosas andanzas futuras de un refinado políglota de Paraíso o de Alajuelita infiltrado en las redes mafiosas de Odessa y de Kiev, integradas como bien se sabe por siniestros cachuvas, kosovares, rusos, rutenos, ucranianos y tadyicos; o la eficacia “yeimsbondiana” de un desamparadeño destacado en la embajada tica en Roma para darle seguimiento a la conexión mafiosa conocida como la Mamemimomú (Managua-México-Milán-Moscú-Murmansk); o quién será, bajo la inspiración de un conocido título de Graham Greene, “nuestro hombre en La Habana”.

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Fernando Durán Ayanegui

Doctor en Química de la Universidad de Lovaina. Realizó otros estudios en Holanda en la universidad de Lovaina, Bélgica y Harvard. En Costa Rica se dedicó a trabajar en la política académica y llegó a ocupar el cargo de rector (1981).

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