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Actualizado el 02 de marzo de 2014 a las 12:00 am

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Es de sospechar que con los tratados sobre el origen de las supersticiones se podrían llenar bibliotecas enteras, y que existen religiones nacidas de las pesadillas aunque no tantas como las que ha fundado la codicia de los predicadores que en Norteamérica saltan de un improvisado templo a una limusina y de esta a un mundano estudio de televisión. Hay países, como Brasil y Rumania, donde las revelaciones del más allá son más frecuentes que los avistamientos de ovnis, y en lo que toca a Costa Rica es bien sabido que son pocos los políticos de fuste que no visitan con regularidad la espelunca de un brujo de dudosa filiación escatológica. Pese a todo, no se puede decir que en el mundo son escasos los incidentes inquietantes.

Cierto día de enero, al disponerme a cruzar la calle hacia una oficina de correos, vi aproximarse una pequeña camioneta que transportaba lo que evidentemente eran bultos de papel de desecho. Vino a mi mente la imagen de Pierre Curie, atropellado por un carruaje de tiro en una calle de París, y convencido de que carezco de méritos como para ser honrado con un final comparable, me detuve en seco. El día era ventoso y desde la desordenada carga volaron algunos papeles, uno de los cuales vino a caer a mis pies. Era un sobre aparentemente limpio, pero algo amarillento. Lo recogí y, para mi sorpresa, descubrí que estaba dirigido -llevaba manuscritos el nombre y los dos apellidos- a una persona ya fallecida que conocí en otro tiempo y de cuya familia nunca volví a tener noticias. Era muy improbable que se tratara de un caso de homonimia, ya que el primer apellido, de origen levantino, no es muy común en nuestro medio. Debajo del nombre, en vez de una dirección aparecían las anticuadas iniciales S.M. que significan “para entregar personalmente”. Al tacto se sentía que dentro del sobre había, por lo menos, una hoja, pero, por estar cerrado, daba la impresión de que el mensaje nunca llegó a ser leído.

En la escuela me inculcaron el principio de que la correspondencia ajena es inviolable -tal vez es por eso que simpatizo con Edward Snowden- y no me atreví a abrir el sobre que, de hecho, el tiempo parecía haber vuelto algo quebradizo. Tardé en decidirme a cruzar la calle y, antes de entrar al correo, el pequeño “mozote” alajuelense que alberga todo cerebro humano me insinuó que le pusiera una estampilla y lo introdujera en el buzón que tiene el letrero de “nacional”. Pero me contuve. Pensando en que con nadie se debe compartir una experiencia espectral, convertí el sobre y su contenido en menudos fragmentos que deposité respetuosamente en un basurero.

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Fernando Durán Ayanegui

Doctor en Química de la Universidad de Lovaina. Realizó otros estudios en Holanda en la universidad de Lovaina, Bélgica y Harvard. En Costa Rica se dedicó a trabajar en la política académica y llegó a ocupar el cargo de rector (1981).

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