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Actualizado el 20 de noviembre de 2014 a las 12:00 am

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Como los ríos nuestros son cloacas a cielo abierto, aderezadas sus márgenes por restos de refrigeradoras y teles viejas, no puedo dejar de preguntarme por qué vivimos encantados de retozar entre sentinas. Vean ustedes: muchos se sienten con derecho a aventar bolsas de basura en cualquier sitio y se ponen como un toro miura si se les dice algo.

¿Cómo compaginar ese gusto nuestro por la inmundicia con el hecho cierto de que somos un país capaz de recuperar más de 10.000 kilómetros cuadrados de bosque en las últimas décadas, un notable logro ambiental de una sociedad que en ese período duplicó su población?

¿Cómo entender esa contradicción envuelta en un misterio de ser un pueblo que nos gusta la naturaleza, que es celoso en cuidar fuentes de agua, que ha prohibido la cacería de animales silvestres, pero, al mismo tiempo, tapiza con desechos todo lo que pueda mientras proclama su marca de país verde?

Lo interesante es que nadie puede alegar ignorancia. La fetidez de nuestros ríos y la basura acumulada por todas partes hacen imposible hacerse el tonto: están ahí, en su indisimulable esplendor. Además, todo el mundo pasó por la escuela, fuimos alertados en la importancia de cuidar el ambiente y recitamos lo del árbol que crece hasta las nubes. O sea, que el chiquero nuestro de cada día lo creamos a puro pulso, con premeditación y alevosía. ¿Por qué nos parece tan normal? ¿Por qué tanta realidad y educación no alcanzan a convencernos de que otras maneras de vivir, más respetuosas con el ambiente, son posibles y deseables?

Sin duda, es necesario vigilar y sancionar la contaminación de nuestros hábitats. Cuando la gente percibe que la probabilidad de ser pillado y castigado es relativamente alta, se moderan los impulsos transgresores. Sin embargo, esto es solo parte de la explicación de nuestra historia de amor con el chiquero. La otra parte tiene que ver con la cultura ambiental y, en particular, con los antivalores que justifican botar desechos en cualquier sitio y desacreditan la educación ambiental.

¿Cuáles son esos antivalores? ¿De dónde surgen? ¿Quién los reproduce sotto voce ? La verdad es que salen de nuestros hogares, de nuestros seres queridos, los mamamos en nuestra infancia y, de grandes, se los repetimos a nuestros hijos. Lo importante es que no todos están atrapados por esas cadenas, especialmente los jóvenes. Muchos de ellos son fuente de esperanza. Sin embargo, la tienen cuesta arriba ante tanta hipocresía social. Épica batalla la que se viene.

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