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Actualizado el 13 de noviembre de 2014 a las 12:00 am

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Cuando nadie representa a nadie, todos tomamos la bandera de nuestra representación. Es el reino de la desconfianza: los demás se vuelven, real o potencialmente, gentes hostiles, especialmente la autoridad. Solo reconocemos como legítima una decisión, si se aviene a nuestras aspiraciones. Cuando es así, la aplaudimos... hasta la próxima decisión. Si no nos gusta, la combatimos a todo trapo. La autoridad política es como el árbitro de fútbol: apenas pisa la cancha, sin haber hecho ni mu, recibe una rechifla general; si pita un penal a favor, aunque injusto, lo aplaudimos; si pita un foul en contra, lo madreamos y, al final, le echamos la culpa de todo.

En esas estamos aquí, en el país más feliz del mundo. Para decirlo en bonito: vivimos en una democracia presidencialista con un sistema multipartidista fragmentado. Traducción: en el Congreso hay una bola de partidos pequeñitos y medianos, ninguno dominante, todos debilitados internamente. Una mejenga. Ciertamente, el multipartidismo es una expresión de la pluralidad y puede convivir perfectamente con la democracia. Pero la fragmentación en partidos frágiles y pequeñitos es fregada: terreno propicio para pleitos endémicos que no llevan a ninguna parte (o a ninguna buena), conflictos entre poderes del Estado e impredecibilidad. Es ideal para que las minorías secuestren al resto y, como todo el mundo es minoría, nos tenemos secuestrados unos a otros.

Para terminarla de amolar, como la gente no se siente representada, se tira a la calle a protestar, partidos aparte, para ventilar su malestar, sin esperar a nadie y sin espetar agua va. En los últimos cuatro años se registraron casi 900 bloqueos y manifestaciones en la calle, el doble de antes. En principio, ello no está mal, pues muestra a una ciudadanía implicada que no aguanta nada, aunque a veces le jalan el rabo a la ternera (la reciente huelga de Sintrajap). Sin embargo, indica, además, que no solo hay dispersión en la representación política, sino también en la representación social.

Un escenario así comporta riesgos. A corto plazo, el principal no es ni siquiera el empantanamiento, pues hace rato estamos en esos lodos, solo que ahora es peor. Sabemos que esto nos tiene condenados a perder miserablemente el tiempo. Lo más jodido es el efecto corrosivo sobre las instituciones y el peligro de que devaluemos los cauces civilizados para procesar nuestros conflictos. Dada la fragmentación, deberemos hacer un enorme esfuerzo de responsabilidad y autocontención para navegar con pericia por estas inciertas aguas.

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