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Actualizado el 09 de octubre de 2014 a las 12:00 am

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Como en la política no tenemos ángeles sino diablos tan diablos como nosotros, no debiéramos exigir que se parta del bien común en la discusión de los asuntos públicos, y que la gente se despoje de sus intereses particulares. Eso es imposible. Ese bien común se construirá como punto de llegada, si los debates llegan a buen puerto y permiten a todos enfrentar los desafíos de mejor manera. Digo esto pensando en la discusión fiscal que se avivó en estas semanas. Aquí no hay inocentes palomas. Nadie puede tirar muchas piedras: así como gente libre de culpa no veo. Aquí, todo el mundo tiene su interés, su hacha por afilar y algunos, su colita por majar. Unos evaden, otros se benefician de la mala legislación, aquellos gastan sin eficiencia y los de acá reciben granjerías.

El tema es otro. En asuntos complicados como el fiscal, que puede desbarrancar a un país, el tema es no jugar con fuego, cosa que cuesta, siendo esto, como lo es, un aquelarre. Jugar con fuego es descalificar a los demás como método para ganar efímeros puntos, una tontera, pues hoy nadie tiene mayorías (en cierto momento, todos deberán recurrir a los otros para echar adelante cosas de su interés). Jugar con fuego es apostar a la agudización de los problemas mediante el obstruccionismo como táctica para posicionarse electoralmente (al final, las llamas devoran a todos). Jugar con fuego es no adoptar decisiones difíciles, patear el tarro para intentar esquivar el tema (con eso se incuban tormentas mayores). Jugar con fuego es dejar que los cabezas calientes dominen la escena a gritos e inflamen innecesariamente la confrontación. Jugar con fuego, finalmente, es la intransigencia de no aceptar nada que no sea del interés inmediato del grupo de uno mientras sibilinamente se pide diálogo y sacrificio (a los demás).

Defender con pasión un punto de vista es un asunto saludable, siempre que uno reconozca que expresa un interés parcial y que, al final, cualquier acuerdo deberá acomodar otros puntos de vista. Pero ¿cómo empezar, si nadie confía en nadie? No es razonable pedir a los demás la primera concesión, pues ¿por qué habrían de dármela? Una salida al dilema es procedimental: aceptar poner sobre la mesa todos los temas, los que a uno le gustan y los que no; acordar objetivos comunes; aceptar simultaneidad y plazos de discusión, con reglas que liguen el avance en un tema con el avance en otros. Dando y dando, por rounds , como en una pelea de box. Nadie aceptará entrar al trapo motivado en apelaciones a la buena voluntad. La discusión del presupuesto puede ser el primer paso de un fructífero camino o un nuevo ejercicio de miopía política. Esto es lo que nos jugamos: nuestro futuro.

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