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Actualizado el 21 de agosto de 2014 a las 12:00 am

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Los chiquitillos siempre tenemos que andar con los ojos bien abiertos, en alerta, pues cualquier grandote nos almuerza cuando quiere. Se descuida uno y adiós. Los esmirriados aprendemos muy temprano en nuestras vidas esta ley básica de la sobrevivencia con solo mirar alrededor y calcular las probabilidades de obtener algo que uno más grande o más ágil también quiere. Nos pasa a las personas, a los animales y les pasa, por supuesto, a los países. Nada más en la cola de un venado que un enclenque confiado.

Todo este introito es para decir lo siguiente: Costa Rica, nos guste o no, es un esmirriado en el concierto internacional. Medio incómodo es decirlo, pero la vaina es así. Es un enclenque con atractivo, pues ha hecho cosas interesantes como demostrar que es posible sobrevivir sin ejército y que la conservación ambiental es una estrategia de desarrollo. Pero nada de eso debe hacer olvidar que su territorio es menos del 0,0003% de la superficie continental y que su población y producción apenas rondan el 0,0007% del planeta. Bueno recordarlo cada vez que uno ve ancho al Paseo Colón.

Los esmirriados dependen de su inteligencia y astucia en mayor medida que otros seres. Para un país como Costa Rica, esto significa tener antenas grandes y finas para husmear peligros y avizorar oportunidades antes que nadie. Nuestro aparato de servicio exterior cumple precisamente esa función: lo requerimos tan sofisticado como podamos. Desde finales de la década de los noventa del siglo pasado tenemos uno de naturaleza bicéfala: Comex se encarga de los asuntos de comercio e inversión, y la Cancillería, de los asuntos político-diplomáticos. Esta especialización no ha estado exenta de tensiones, pero es hoy un hecho consumado. La cuestión es si este es el diseño que se requiere y si, visto en su conjunto, el aparato de servicio exterior esta tan desarrollado como lo necesitamos.

Respondería de manera semiafirmativa el primer punto y, de manera negativa, el segundo. Por una parte, hace rato la complejidad de nuestras relaciones exteriores desbordó a la Cancillería y Comex llenó un vacío. El problema es que en los próximos años surgirán nuevos nodos estratégicos alrededor de la energía y el ambiente, para los cuales ninguna de estas instituciones está preparada. Por otra parte, tanto la Cancillería como Comex tienen retos sin resolver con sus tareas actuales: la primera no ha concluido con la profesionalización del servicio diplomático y el segundo no ha logrado entrarle bien al tema de la administración de los tratados de comercio e inversión que ha promovido. Estos son asuntos que ojalá este Gobierno se proponga atender. Esmirriados somos.

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