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Actualizado el 14 de agosto de 2014 a las 12:00 am

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Los verdes de Costa Rica son azulados, los de Irlanda son verdes verdes, en todos los verdes que es posible imaginar en una pequeña isla en la que, como en la costa del Caribe de mi país, llueve y sale el sol varias veces al día. La bella Irlanda. Y hasta ahí llega el parecido, excepto, claro está, en que son dos sociedades de profunda raíz católica, pero en camino a una muy trabajada, y aún incompleta, pluralidad social y religiosa. Por lo demás, Irlanda es antigua como los muros de piedra que serpentean en sus caminos, como su desgarrada historia de pueblo conquistado y medio muerto de hambre por siglos. Nosotros aún somos jóvenes, pero con la inquietante sospecha de que no hemos estado aprovechando bien ese tesoro.

En los últimos 30 años Irlanda tuvo un impresionante salto en su desarrollo. Nos dejaron botados. La inversión extranjera, atraída por la calidad de su mano de obra y por los bajos impuestos, fluyó a raudales. Emergió un potente conglomerado de empresas exportadoras de alta tecnología, que encontraron ahí el portaaviones ideal para entrar al mercado europeo. Los salarios, comparativamente bajos, aumentaron por un buen rato, y todos eran felices y comieron perdices. Mucho se habló del milagro irlandés y de cómo su modelo debía ser imitado por Costa Rica. La ecuación era simple: inversión extranjera + bajos impuestos + buena mano de obra, todo multiplicado por una fuerte inversión en infraestructura pesada, a cargo de la Unión Europea.

Anticipadamente se comieron las perdices, según parece. La crisis internacional fue una catástrofe. Durante los años de bonanza no repararon en la incubación de una burbuja financiera e inmobiliaria que, cuando estalló, tuvo altísimos costos sociales y económicos. Irlanda no retrocedió a los niveles de tres décadas atrás, pero se llevó un golpazo. Tuvieron que ser rescatados a cambio de un gran sacrificio (más impuestos, menos programas sociales y pensiones, poco empleo), aunque a varios banqueros todo les salió gratis. Ahora tienen enfrente la compleja tarea de relanzar su desarrollo sin repetir los errores del pasado.

Antes decía que no había muchos más paralelos entre Irlanda y nosotros, pero mentía: hay otros. Sus caminitos rurales son apretujados, sin espacio para peatones y, a pesar de sus tristezas pasadas y presentes, son cálidos y buenos para el agua de sapo. Pero, más importante, somos países que, por carecer de mucha tierra, población o commodities estratégicos, le tienen que meter mucha inteligencia, es decir, innovación, emprendedurismo y equidad, a su desarrollo. Ellos se quemaron ya una vez, pero están buscando una nueva opción. Y nosotros... Nosotros seguimos en nuestro particular “baño María”, tibios, tibios, esperando por el milagro que nos llevará en coche al desarrollo humano de avanzada, sin apenas esfuerzos y sacrificios.

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