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Actualizado el 05 de junio de 2014 a las 12:00 am

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Hay momentos en que uno anda fastidiado, hasta aburrido, y no hay manera de descifrar la razón. Cada loco con su tema. Es raro, porque estas semanas han estado repletas de acontecimientos, maná del cielo para un columnista que en no pocas ocasiones se estruja el cerebro para ver de qué diablos escribe.

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En España, un rey abdica. Y no cualquier rey, sino una figura indispensable en la transición democrática de ese país, que se la jugó de palo a palo cuando los golpistas de derecha casi descarrilaron el proceso a inicios de los ochenta. Sin D. Juan Carlos, no se entiende la moderna monarquía constitucional española, pese a errores de los últimos años. Escribo esto y me digo: “Pero ¡qué barbaridad, Varguitas, usted es republicano!”. Y, sin embargo, tengo los años que tengo para ser realista y entender que, sin la monarquía como factor de unidad, eran muy altas las probabilidades de que mis conciudadanos ibéricos se agarraran a patadas saliendo, como lo hacían, de una larga noche dictatorial y con las cuentas de la Guerra Civil sin saldar. Este rey facilitó una inapreciable mesa común.

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Sigo fastidiado y no puedo evitarlo, a pesar de que en El Salvador ocurrió un hecho singular el pasado domingo. La singularidad no es la inauguración del segundo gobierno consecutivo del FMLN. Es que el nuevo presidente fue uno de sus cinco comandantes en jefe. Ahora sí: la antigua guerrilla al poder. Es natural que muchos hubiesen hecho lo imposible para impedir que quedara presidente. Lo interesante es que recurrieron a métodos electorales y que las fuerzas armadas desoyeron al candidato perdedor cuando les pidió intervenir para salvar la patria. En el otro lado de la acera, el antiguo comandante ganó por media uña y tendrá que renunciar a cualquier pretensión revolucionaria, si quiere gobernar. No tiene margen interno ni internacional para una aventura. Intere-sante.

No deseo ahondar en la raíz del fastidio que me ando, pues quizá no quiero descubrir que lo que me lo produce es mi país. Son varias cosas: una huelga de cuatro semanas cuyo logro es... (sostengan la respiración): ¡abrir una ventanilla de atención de reclamos de maestros! ¿No hubiese sido mejor un par de telefonazos para arreglar el problema? El calendario escolar se trastocó, cientos de miles de estudiantes fueron afectados, el movimiento social se debilitó y el novel Gobierno empezó trastabillando. Quizá también ando fastidiado cuando escucho más de lo mismo en la Asamblea Legislativa: carretillos de mociones, gritos y denuncias dramáticas. En fin, un ejercicio de intrascendencia. A veces, uno no tiene un punto de vista, sino una sensación. Hoy es un día así.

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