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Actualizado el 15 de mayo de 2014 a las 12:00 am

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Estoy convencido de que los ticos urbanos detestan los árboles. Les gusta verlos en las montañas, allá donde viven monos y lapas, pero no en las ciudades. Se llenan la boca con lo verde que es nuestro país, aunque nuestros pueblos y ciudades sean verdaderos desiertos: de vez en cuando, una matilla, un arbusto o una fila de árboles que rápido se extinguen. Tanto es así que hablamos de “el higuerón” (uno que había por ahí) porque destacaba por su soledad. De vez en cuando, las “munis” hacen siembras de árboles en las aceras, pero los palitos, todos tembeleques, acaban inmisericordemente tronchados o aplastados por peatones y carros.

Luego de caminar kilómetros de calle por San Pedro, Hatillo, San Rafael Abajo, Alajuelita o Cartago debe concluirse, ni modo, que es más fácil ver un sapo haciendo maromas que un barrio arbolado. Somos el reverso de lo que ocurre en El Salvador: ahí, la ciudad es muy arbolada y el resto del país, un peladero. Yendo hacia otro lado del mundo, en el sur de América, encontramos ciudades inundadas de árboles: Mendoza y Rosario, en Argentina; Santiago, en Chile; las ciudades y pueblos del Uruguay. ¡Qué lindo es caminar por calles y avenidas techadas por árboles umbrosos!

Algún brillante podría decir que es mejor tener una ciudad pelada que un país pelado. ¡Sin duda!, pero la cuestión es otra: ¿por qué hemos desterrado los árboles de nuestros pueblos y ciudades? He oído muchas excusas: que mejor no tener árboles porque los ladrones pueden usarlos para entrar a las casas; que producen mucha humedad y las aceras quedan resbalosas (¿cuáles aceras?, preguntaría yo); que tiran muchas hojas y hay que estar barriendo; que estorban. En fin, lo de siempre: disimulamos poniendo excusas.

Insisto, por ello, en el punto inicial: los ticos urbanos detestamos los árboles en nuestras ciudades, afirmación que, por supuesto, nos lleva a otra pregunta: ¿por qué los detestamos? Mi hipótesis: porque los ticos urbanos emigraron a las ciudades en una época anterior al descubrimiento de la protección ambiental. Son animales que se quedaron con la idea que primaba cuando migraron: que progreso era talar árboles. Los habitantes rurales hace rato que abandonaron esa concepción: son gente moderna. Los “urbanitas” quedaron anclados en el pasado. Hace años fue planteada la propuesta de la “floresta urbana”, una idea totalmente acertada. Muchos sonrieron y dijeron “¡Qué lindo!”, y nada más. Lo vieron como algo “ nice ” pero superfluo. Creo que no: la floresta urbana eleva la calidad de vida de nuestras ciudades y, de paso, ayuda al país a alcanzar la meta de la carbono- neutralidad. ¡Inundemos nuestras calles de árboles!

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