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Actualizado el 17 de abril de 2014 a las 12:00 am

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Una de las cosas que más me ha costado aprender es dudar de lo que creo, aun de aquellas creencias anudadas a mis convicciones más profundas. Todavía sigo en eso. Cuando he estado plenamente seguro de algo, la realidad me enmienda la plana y me pone a dudar en serio. Vean: creí que muy pocos se acercarían a las urnas en las elecciones de la segunda ronda, creencia que basaba en los datos a mano sobre el descontento ciudadano con la política y su alejamiento de los partidos, y en el hecho de que muchos se habían quedado sin su opción preferida y los liberacionistas, sin candidato.

Fui totalmente sorprendido por un nivel de participación cercano al 57% del electorado, bastante superior a las segundas rondas celebradas en los últimos meses en El Salvador y Chile. Y, por si esto fuera poco, dado el clima anterior consideraba casi imposible que el ganador llegara a un millón de votos. El millón trescientos mil que votaron por Luis Guillermo Solís no lo hubiese previsto ni bien “pijeado”.

En retrospectiva, es fácil detectar el mecanicismo de mi manera de pensar. Los datos de fondo sobre el clima político son correctos; sin embargo, lo equivocado fue la deducción, el “por tanto”. Y ahí está el detalle. ¿Por qué? El problema es que los datos en los que basaba mis previsiones eran insuficientes. Faltaba un elemento medular: la intensidad de la vocación anticontinuista del electorado. El anticontinuismo, la necesidad profunda de enterrar una era de la política costarricense, le ganó al descontento y la apatía. Por goleada. Y, también, subestimé la importancia que tenía en el cuadro de la situación los cambios sociodemográficos de un electorado que es hoy mayoritariamente joven y urbano.

Entonces, ¿qué sabe uno? Pregunta jodida. Por más que lea e investigue, probablemente se sabe mucho menos de lo que uno cree, incluso en el campo de la especialidad. En el tema de los vaticinios, cierto es que hoy en día existen en las ciencias sociales ejercicios sofisticados que permiten millones de simulaciones para asignar probabilidades numéricas a diversos escenarios. Aun en esos casos, los pronósticos son probabilísticos. En cambio, uno con frecuencia razona de manera determinista: si A, entonces B. Y aquí está el error: en política, rara vez la cosa es así.

Tentado está uno a caer en el escepticismo completo o en su compañero de viaje, el cinismo. Un poco de ambos es saludable, pero el tema de fondo es siempre tratar de saber más o, mejor dicho, tratar de saber de manera distinta. De la política, de la sociedad, de uno mismo. Para eso no alcanza el escepticismo que, como estrategia intelectual, es estéril. Y, mientras tanto, a navegar las malditas dudas.

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