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Actualizado el 20 de marzo de 2014 a las 12:00 am

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Uno se imagina que el pasado es lo que uno deja atrás y el futuro es lo que viene. Está tan arraigada esa noción que decimos cosas como “¡Avancemos hacia el futuro!” y “¡Dejemos atrás al pasado!”. Parece una proposición incontrovertible, pero, cuando uno penetra en otras culturas, las cosas son distintas. Hace muchos años aprendí que, entre poblaciones aimaras del altiplano boliviano, el pasado es lo que un individuo tiene enfrente y el futuro es lo que tiene atrás. Al revés del pepino. Y, sin embargo, la lógica subyacente es impecable: el pasado es lo que uno conoce y lo que uno conoce es lo que tiene de frente; en cambio, el futuro es lo que no puede verse y uno no ve lo que tiene en la nuca. Para ellos, el pasado está siempre en nuestro presente.

Por muchos años me comió el etnocentrismo. Me dije que esa manera de pensar era propia de una sociedad tradicionalista, incapaz de aceptar la idea de progreso, atrapada por el pasado. Con el tiempo, sin embargo, esta certeza se me fue “luyendo” y ahora no estoy nada seguro. La verdad es que uno está más atrapado por su experiencia anterior que lo que a veces piensa. Los grados de libertad para encarar cosas nuevas son, a veces, pocos y, en ciertas épocas, nulos. ¡Cómo nos cuesta salirnos de la inercia: pensar distinto, fuera de lo convencional! El pasado nos envuelve de muchas maneras, nos atrapa en redes a veces sutiles, a veces brutalmente groseras.

El tema de fondo es la innovación, los nuevos modos de ser, hacer y pensar que procuran cambiar las maneras vigentes de hacer las cosas. Los precursores de ideas innovadoras se enfrentan cotidianamente a la indiferencia, las burlas o la agresión directa, las puntas visibles de la telaraña del pasado. Claro que si, luego de un tortuoso camino, la innovación se implanta, aparece una horda de copiones que, a codazo limpio, procuran embolsarse los beneficios. La difusión de las innovaciones es caótica y, en ocasiones, cruel con los innovadores.

Vivo en una sociedad temerosa de las innovaciones. Desde el mercado hasta la política. Primer ejemplo: durante 150 años exportamos café en grano; y los cafetaleros, muy contentos con hacer eso. Fue un norteamericano quien vio que en el café había más que vender grano. Fundó una marca propia conectada con servicios de turismo y cambió la historia. Segundo ejemplo: la mayoría de la inversión en investigación y desarrollo en Costa Rica la realiza el Estado (la empresa privada está casi ausente) y, además, este invierte muy poco. Pienso que somos una sociedad a la que le gusta vivir de la innovación, pero que carece del espíritu emprendedor. Lo paradójico es que en los próximos años requeriremos una primavera del emprendimiento en todos los ámbitos de nuestra vida social.

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