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Actualizado el 06 de marzo de 2014 a las 12:00 am

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En aquel febrero llovió quince días sin parar. Tieso y parejo como en el año pasado. Otra vez nos apremiaban inundaciones y derrumbes, damnificados por todas partes y gente maldiciendo el clima loco. Los cafetales, mudos, apenas si lloraban granos podridos y hojas amarillentas. ¿Quién nos robó los veranos de días claros y vientos fuertes? ¿Quién hizo de nuestros setiembres, polvorientos hornos secos? ¿Qué pasó con aquellas certezas de la lluvia a la una de la tarde y de los diciembres plomizos y fríos?

Por varios años tuvimos avisos: que un julio un poco más seco de lo acostumbrado; que lluvias raras en marzo; que represas hidroeléctricas con niveles más bajos de lo esperado, un metro ahora, medio metro el año anterior. Parecían anécdotas, pequeñas anormalidades de esas que si acaso alimentan comentarios triviales para romper el hielo entre extraños. Nos encogimos de hombros: yo, tu, él, nosotros y el Gobierno también. Es que nos aferramos a la ilusión de que, no sé cómo, todo volvería a ser como antes. ¡Cómo nos costó quitarnos las anteojeras! ¿Por qué siempre nos resistimos a ver lo que miramos?

Luego, la cosa empezó a ponerse castaño oscuro. Ahora sí era inocultable que algo serio estaba pasando. Era como si una fuerza invisible se empeñara en poner nuestras seguridades patas para arriba. En el lluvioso Caribe empezó a llover cada vez más (¡imagínense: ahí todo era un solo suampo!) y Guanacaste recibía hilitos de agua cada vez más ralos: el antiguo distrito de riego era un mar de polvo. Unos se ahogaban y otros morían de sed. Entonces nos empezamos a preocupar por los eventos, conversábamos sin parar sobre los impactos y hasta discutíamos sobre si esa fuerza maligna era, o no, castigo divino. Los pastores evangélicos y algunos obispos católicos convocaron a rezos masivos. Las oraciones de pecadores arrepentidos enderezarían las cosas.

Pero las cosas no cambiaron. Empeoraron, y no me refiero solo a un clima cada vez más errático y extremo. Es que no teníamos ni idea sobre qué hacer. No era el caso llorar sobre la leche derramada: era claro que no nos habíamos preparado, que alguna razón tenían aquellos loquitos que, muchos años atrás, hablaban del cambio climático. Ahora sí: ¿de dónde sacar el agua limpia para seis millones de personas? ¿Debíamos desmantelar la ciudad de San José? Trasladarla ¿adónde? ¿Qué clase de agricultura podríamos practicar? ¿Tenía sentido reconstruir carreteras y caminos, barrios y puentes? ¿Hacerlos de nuevo? Cuestiones que debimos haber previsto hace mucho tiempo nos golpeaban ahora sin descanso. Y ahora no quedaba más que sobrevivir.

Hasta el próximo día.

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