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Actualizado el 20 de febrero de 2014 a las 12:00 am

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Venezuela es una papa caliente para América Latina. Sé que lo es más para los venezolanos, agobiados por una crisis económica galopante, una deteriorada situación social y una profunda crisis política: un Gobierno cada vez más torpe y autoritario, una oposición dividida, y el enfrentamientos de masas en las calles. Sin embargo, me interesa comentar la dimensión internacional de esta situación. Por eso empecé con lo de la papa caliente.

Hoy por hoy, el tema no es la aspiración de Venezuela a un liderazgo continental mediante la exportación del llamado "Socialismo del siglo XXI", como lo procuró hace una década el finado Hugo Chávez con la diplomacia petrolera. Ese proyecto está en ruinas. El problema actual es diametralmente opuesto: ¿qué hacer con Venezuela? ¿Apoyar el reemplazo de su régimen, apostar por su normalización, o no hacer nada?

El golpe de Estado en Honduras, en el 2009, deplorable, no alteró los equilibrios de la región. Demasiado chiquitillo para eso. Venezuela es otra cosa: exportador petrolero mundial, con 30 millones de personas y casi un millón de kilómetros cuadrados. Un incendio ahí puede afectar el mercado internacional del crudo y generar una inestabilidad regional que crearía riesgos especiales para Colombia y Brasil, los vecinos inmediatos. Además, como tiene aliados, un desplome fomentaría divisiones en América Latina. De feria, como Cuba depende de la ayuda venezolana, la isla entraría en serios problemas económicos, otro “período especial” como el que siguió al desplome de la Unión Soviética.

Lo que menos necesita Colombia, ahora que intenta poner fin a su conflicto interno, es un estallido en Venezuela. Ello puede desestabilizar las negociaciones con las FARC en La Habana y crearía una “frontera caliente” en una extensa zona ya de por sí pasto de guerrillas, narcos y contrabandistas. Por su parte, un desplome venezolano sería un golpe para Brasil. Desde hace años, este procura colocarse como la potencia emergente latinoamericana, capaz de mantener delicados equilibrios regionales entre países tan diversos. La incapacidad para atajar la crisis desnudaría sus limitaciones para ordenar “el patio trasero”.

Los países del Mercosur apostaron al statu quo: mejor Gobierno malo conocido que bueno por conocer. Una mera declaración que nada resuelve. El llamado del presidente colombiano al diálogo político fue rechazado por el Gobierno venezolano según el cual la “conspiración del Imperio y el golpe de Estado fascista” son las causas del problema. O sea, palo y no negocio nada. La situación empeora cada día y nadie parece tener las llaves para resolver el problema, cuyas causas son internas. Costa Rica, en máxima alerta.

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