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Actualizado el 06 de febrero de 2014 a las 12:00 am

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Las elecciones del domingo pasado no fueron un pulso por cambiar el rumbo del país, sino para desalojar al continuismo. Parece lo mismo, pero no lo es. El oficialismo obtuvo menos de la mitad de los votos logrados por los cuatro principales partidos opositores (64% a 29%). En cambio, en el 2010 el PLN obtuvo casi la misma votación que todos ellos juntos. Hoy la voluntad mayoritaria es anticontinuista.

No es una elección de cambio porque ese anticontinuismo no se aglutinó alrededor de un proyecto político. Cuatro partidos ofrecieron cambio genuino y el electorado se dividió entre ellos. Este resultado es lo que mantiene vivo al PLN. La esperanza liberacionista de ganar la segunda ronda reside en la eventual incapacidad del PAC para superar esta diáspora. Su situación actual es, sin embargo, difícil: debe revertir una derrota (perdió casi la mitad de su capital político). En resumen, los electores no quieren que los mismos sigan, pero no tienen claro hacia dónde desean que el país se enrumbe. Para lo último, estarán las elecciones del 2018.

En consecuencia, eligieron un “Parlamento imposible”, cargado de partidos medianos y enanos, y fundado sobre una paradoja: la coalición más eficiente (dos partidos) para lograr mayoría implica reunir al PAC y al PLN, los principales competidores. Una solución bien tica: el cambio de a poquitos, más amarrado que tamal de Navidad. Y un mensaje claro a los partidos: ¡desaten entre todos el tamal!

¿Dónde estamos? Se están incubando nuevas fuerzas que golpean la mesa del sistema político. El tema es cómo se dará la cohabitación entre lo viejo y lo nuevo. El instinto natural del statu quo es enconcharse, descalificar lo nuevo. Lo inteligente es no hacerlo: estos sectores no se van a ir porque se los excluya. Al contrario, regresarán con más fuerza.

La clave es la inclusión, reconocerlos como interlocutores legítimos y empezar a ver, con ellos, cómo diablos se construye la nueva era.

Estas elecciones me dejan con tres misterios. El primero: ¿por qué Otto Guevara no pega? A lo largo de tres elecciones, un tipo inteligente y con instinto para plantear temas cercanos a los disconformes se desinfla al final. ¿Qué olfatea la gente en él para rechazarlo? El segundo misterio es el PUSC: un partido minoritario que se resiste a morir. ¿Qué es lo que lo sigue sosteniendo, si hasta su fundador lo abandonó? Su eficiencia asombra: con apenas un 10% de votos al Congreso, logra 9 diputados (el Libertario, con 8%, eligió apenas 3). El tercer misterio es: ¿por qué el Frente Amplio logra un apoyo electoral en todo el país y el PAC sigue siendo un partido del Valle Central?

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Palabra final: el obstinado abstencionismo. Ahí, sin novedad: era lo esperable.

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