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Actualizado el 30 de enero de 2014 a las 12:00 am

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¿De qué depende el futuro de un país? A pocos días de las elecciones, parecería que todo pende del hilo del partido que gane las elecciones. Nos dicen: “Si no vota por mí, vota por el infierno. Conmigo, al paraíso”. Hummm... en realidad, la cosa no es tan así. En Costa Rica, ni los partidos, y mucho menos los candidatos, tienen tal poder como para decidir por dónde transitará el país en los próximos años. Como ha quedado demostrado en este proceso electoral, los partidos están de capa caída (ya no son siquiera aceitadas maquinarias electorales) y, por ello, sus capacidades para comandar la sociedad son más limitadas que nunca.

Nuestro sendero está ya jugado, para bien y para mal. Somos un país con una economía abierta, un problemón fiscal que obligará a un doloroso ajuste entre el 2014 y el 2016, crecientes desigualdades sociales, conflictividad ambiental y un sistema político trabado. Estamos lanzados por ahí. Estas elecciones no cambian el panorama porque el camino del país lo marcan las decisiones que adoptan grupos empresariales, gremiales, comunidades y, en general, las personas, con el fin de avanzar sus intereses particulares y, en pocas ocasiones, las necesidades de la colectividad. Somos lo que hacemos.

Por supuesto que las elecciones son importantes y los gobernantes hacen diferencia. Vistos por lo bueno, pueden estimular potencialidades, aunque, puestos a estorbar, pueden causar mucho daño. Y en esto estamos: no estorbar. Las elecciones 2014 no son fundacionales. Quien gane gobernará sin mayoría legislativa propia, con un débil apoyo político y con partidos poco representativos, sin capacidad, por tanto, para establecer un nuevo rumbo al desarrollo del país. Estamos frente a otra decisión: ¿quién es el mal menor para cerrar el fin de época?

Ese es el tema: en los próximos años, el país tendrá que salir de la zona de confort en la que está para hacer cambios importantes en su aparato productivo, en su sistema de seguridad social, régimen de empleo público y sistema tributario. Insisto: ningún partido tiene hoy el programa o la capacidad para realizar esos cambios. Vamos hacia años en los que o somos capaces de lograr acuerdos políticos para resolver estas cuestiones o nos enrumbaremos hacia turbulencias cada vez mayores, que pondrían en riesgo la estabilidad política. Sería lamentable que los inevitables conflictos que los ajustes generarán creen una falsa disyuntiva entre neoliberalismo y chavismo, recetas, ambas, viejas y superadas. Ojalá que los electores envíen el mensaje a todos los partidos políticos de que ya es hora de que entren en negociaciones serias para sentar las bases para el futuro sostenible del país.

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