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Actualizado el 09 de enero de 2014 a las 12:00 am

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Pasó la época de los tamales, esa que remata en los días mágicos de fin de año cuando el tiempo se suspende. Apenas si ha concluido y ya se añora, pues es la fórmula que hemos encontrado en este país para hacerle tiempo a la conversa, a ver gente querida o reafirmar lazos de amistad y solidaridad. Hay un tamales times durante el cual se subvierte el corre-corre del resto del año. Y aquí estamos, vueltos a la realidad de un solo riendazo, en plena cuesta de enero.

En años de campaña política, el tamales times influye fuerte en el resultado electoral. Entre tamales, ponches y uno que otro tapis, las personas intercambian opiniones con la gente que le importa (familia, amigos) en un ambiente relajado. No son conversas profundas, pueden ser hasta diálogos casuales, pues no estamos entre filósofos de la Grecia clásica, pero es una época en la que muchos forman opinión sobre por quién vale la pena votar y, sobre todo, por quién no.

En un tiempo de tanta confusión política como la actual, el tamales times debió haber sido intenso. Es que esta elección no facilita las cosas. No se convirtió en una lucha épica entre continuidad y el cambio, sencilla de comprender, con un bando ensalzando los méritos de la continuidad y otro, la importancia de cambiar. Hoy nadie defiende el statu quo (ni el candidato oficialista) y nadie ha podido trazar con claridad una alternativa para un nuevo rumbo del país. Digo, más allá de generalidades. La elección se convirtió más en un plebiscito acerca de si enterrar en febrero el statu quo político o darle tiempo extra antes de hacerlo fenecer en el 2018. ¿Qué pesará más: el hartazgo con lo existente o el miedo a lo desconocido?

Frente a esta disyuntiva, que supongo fue tema durante el tamales times , los principales candidatos enfrentan preguntas difíciles. Araya, por ejemplo: por qué darle cuatro años más a Liberación, cuando la mayoría considera que lo ha hecho mal; Villalta: por qué su opción no es un salto al vacío que pone en riesgo las bases de nuestra estabilidad; Solís: por qué darle al PAC una nueva oportunidad luego de desperdiciar tantas; y Guevara: de qué trata el Libertario, además de hacer delivery de los intereses de sectores específicos.

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Más allá de la enfiebrada retórica electoral, el próximo Gobierno no será un Gobierno de cambio. Quien gane tendrá que administrar el final de una época, y, de feria, con un margen de maniobra muy reducido: sin mayoría parlamentaria y con una situación fiscal angustiante. Costa Rica ya no está en una zona de confort y son necesarios los cambios. El tema es cómo hacerlo sin erosionar nuestras fortalezas y sin crear costos excesivos.

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